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#USA La Constitución de los Estados Unidos de América y la ilustración escocesa – por C. Boyden Gray

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El ex presidente Obama rechazó las ideas de la Ilustración escocesa que inspiraron nuestra Constitución.

La declaración que hizo ex presidente Obama hace algunos años afirmando a los norteamericanos: “Ustedes no lo construyeron. Alguien más lo hizo posible” es un resumen conciso del peligro que plantea el socialismo progresista moderno al corazón de la idea y la experiencia de los Estados Unidos de América, representada en nuestra Constitución, sus principios fundadores y las razones de su éxito hoy en día.

Lo que resulta realmente sorprendente es la eficacia con la que este breve enunciado combina el desprecio por la ambición y el espíritu emprendedor, y en su lugar promueve la envidia y el resentimiento entre clases, es decir lo opuesto a la combinación única en su tipo que distingue a los Estados Unidos de América del resto de los países del mundo. Si la ambición debe ser despreciada y la envidia admirada, no hay espacio para que funcionen la moral privada, el éxito comercial, la conciencia social y la comunidad, porque al final la única entidad que puede sobrevivir es el gobierno.

Para explicar por qué esto es así, podríamos remontarnos a los orígenes de la ética judeo-cristiana y describir su cultura basada en reglas, incluyendo a los Diez Mandamientos, a través del énfasis que hicieron los romanos en la importancia del estado de derecho y de las implicancias de la reforma en Europa. Pero el punto de partida más lógico es la Ilustración escocesa (también conocida como Iluminismo), que explicó en los inicios del comercio moderno el fundamento de los mercados libres, el vínculo de las relaciones comerciales con el comportamiento moral y el concepto de un gobierno limitado. Hay tres pensadores que desarrollaron su esencia: Adam Smith, Edmund Burke y Samuel Johnson, todos amigos entre sí (y en algún momento también competidores) que realizaron profundas contribuciones a la Constitución de los Estados Unidos de América.

Mandeville, Adam Smith y la búsqueda del interés propio

Antes de pasar a analizar las ideas de la Ilustración, podría resultar útil referirnos brevemente al contexto. Una de las cuestiones fundamentales analizadas a principios del siglo XVIII, planteada en parte por la nueva libertad del sistema feudal proporcionada por el Renacimiento y la revolución industrial, era determinar si la fragilidad humana con todos sus vicios debía permanecer sometida al antiguo esfuerzo estoico de contención, o si había alguna manera de canalizar la energía de la avaricia y la vanidad para el beneficio público. Uno de los primeros y más influyentes aportes para reconsiderar el vicio fue realizado en 1705 no por un escocés, sino por un holandés llamado Bernard de Mandeville.

El desafío que plantea Mandeville surgió como un notable poema, considerado escandaloso para la época, publicado al comienzo de su libro La fábula de las abejas: o Vicios privados, beneficios públicos. Precursor de Adam Smith, Mandeville postuló que la avaricia era un vicio privado, pero al mismo tiempo un beneficio público, porque incentivaba la industria y la prosperidad económica que terminaba beneficiando a todos, incluidos especialmente, a los pobres. Y es más, el involucramiento de la sociedad en la industria hizo posible la división del trabajo que Smith capturó más tarde en su concepto de la “mano invisible”. Smith nunca dio crédito a Mandeville (y a ninguna otra persona), pero Friedrich Hayek lo hizo, al igual que el Dr. Johnson, y quizás sorprendentemente, John Maynard Keynes.

Un extracto ilustrativo de la fábula es el siguiente:

La raíz del mal, la avaricia,

vicio maldito, perverso y pernicioso,

era esclava del derroche,

ese noble pecado; Mientras que el lujo

dió empleo a un millón de pobres,

y  el odioso orgullo a un millón más:

la misma envidia y la vanidad,

fueron ministras de la industria;

sus amadas, la tontería y la vanidad,

al comer, elegir mobiliario y al vestir,

convirtieron a ese extraño y ridículo vicio,

en la misma rueda que puso en marcha el comercio […]

Por lo tanto, el vicio terminó dándole vida a la creatividad,

que unida al tiempo y a la industria,

han creado las comodidades de la vida,

sus verdaderos placeres, el confort y los alivios,

a un nivel tan alto que los pobres de ahora

viven mejor que los ricos de ayer

y no hay nada que se les pueda mejorar.

No hay un salto verdaderamente grande entre estas afirmaciones y una de las citas más famosas de Adam Smith: “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que tendremos nuestra cena, sino gracias a la búsqueda de su propio interés”.

Este reconocimiento del papel de la codicia y la avaricia (aparentemente sellado por la mirada de Smith hacia las opiniones  fuertemente controvertidas de Mandeville) ha sido un blanco de las críticas hacia los mercados libres desde el siglo XVIII hasta nuestros días, como lo demuestra la nueva perspectiva que ambos partidos políticos han adoptado en los Estados Unidos acerca de la desigualdad, lo que de hecho, se ha convertido en casi una caricatura. Pero la aceptación de Smith del rol incentivador de la búsqueda del propio interés, es tan sólo el comienzo de la historia. El desarrollo y la conclusión de la referida historia es más interesante, más relevante hoy, y mucho más merecedor de su atención.

El papel moralizante de la regla de oro

Para comenzar, podemos afirmar que la codicia no es un rasgo de personalidad especialmente atractivo. Realmente no evoca lo mejor de nuestra naturaleza. Parece además contar con un rechazo total en las enseñanzas religiosas, un tema de enorme importancia en el siglo XVIII y para nada insignificante hoy en día. Y constituye además una negación de los preceptos morales a los que la mayoría de la gente aspira, incluso aunque no vaya regularmente a la iglesia, como por ejemplo las enseñanzas centrales de la ética judeocristiana acerca de amar a tu prójimo como a ti mismo, resistir la envidia y hacer a los demás lo que te gustaría que te hagan a tí. Dicho de otro modo, la tesis de Mandeville contradice una de las reglas de conducta más universalmente aceptadas: ”lo que uno da, recibe”.

Esta falla fundamental, ciertamente no pasó desapercibida para Adam Smith. Pero nunca analizó el tema tan directamente como su contemporáneo, ligeramente mayor, Samuel Johnson, cuyo pensamiento cala hondo en la obra de Smith. Johnson causó una profunda impresión entre sus contemporáneos, y sigue siendo considerado el más grande ensayista moral en idioma inglés, más citado que cualquier escritor, posiblemente justo después de Shakespeare. Llegó a ser más adelante un astuto comentarista de temas económicos, esencialmente en materia de libre mercado, hecho que muchos fans de Johnson desconocen. Igualmente desconocido es el hecho que Smith empezó, al igual que Johnson, básicamente como profesor de inglés, escribiendo acerca de temas de ética y moral. Es decir que existen importantes paralelismos entre ambos hombres.

Johnson es descripto por su biógrafo, James Boswell, como la persona que identificó el talón de Aquiles de Mandeville, unos 40 o 50 años después de realizadas sus publicaciones. Johnson admitió libremente que Mandeville: “amplió mucho mi visión sobre la vida real”. Sin embargo, rechazó la tesis central de Mandeville de que “los vicios privados conducen a beneficios públicos”. La gran falacia de Mandeville, dijo Johnson está basada en que no formuló una clara definición de vicio ni de beneficio. Se basó entonces en una visión demasiado amplia de vicio y una visión demasiado estrecha de beneficio. Para Mandeville cualquier placer era considerado un vicio, algo que Johnson consideraba ridículo ya que por ejemplo tener un  bello jardín es un placer, pero ciertamente no es un vicio, del mismo modo que la riqueza privada no es en todos los casos un beneficio público. Para Mandeville un alcohólico puede crear ingresos adicionales para un bar y para quien produce la cerveza, pero los daños que él puede causar estando alcoholizado, puede superar en gran medida a dichos beneficios. La felicidad del paraíso, afirmó Johnson, consistiría en que “la virtud y el placer sean perfectamente consistentes”. La conclusión de Johnson fue suscinta “está claro que la felicidad de una sociedad depende de la virtud”.

El mayor logro de Johnson, además de su diccionario en inglés, fueron sus consejos para reconciliar la naturaleza humana – con todas sus debilidades, tales como la codicia, la envidia y la vanidad – con las nuevas y amplias oportunidades y tentaciones desatadas por la ruptura del sistema de inmovilidad feudal y el surgimiento de la revolución industrial. ¿Cómo hizo Johnson para reconciliar el enfoque de Mandeville en la codicia, con su confianza en la virtud?

En pocas palabras, la visión de Johnson – amplificada por Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales, que fue la base de su obra La riqueza de las naciones – es que los seres humanos necesitan de las relaciones recíprocas, tal cual lo describe el concepto de “simpatía” del siglo XVIII. Esto involucra a la noción de “espejo” en el que la gente reflexiona acerca de cómo los demás podrían reaccionar ante su comportamiento, especialmente en lo relativo a las relaciones comerciales. En el afán de obtener simpatía, la envidia, y la vanidad tienen un rol altamente destructivo.

El comercio – especialmente el afán de ganar dinero – fue un tema de gran interés para Johnson. Nacido en la pobreza, se dedicó a escribir para ganarse la vida, y en su momento afirmó: “soy nada más que un ignorante que jamás escribió, excepto por dinero”. Fue además un gran admirador del lujo, al igual que Mandeville, porque éste proporciona enormes incentivos para el empleo general. Incluso llegó más lejos al señalar “que hay pocas formas en las que un hombre pueda ser empleado de manera mas inocente que ofreciéndole dinero”. Sin embargo  rechazó la noción de que el dinero fuera el elemento esencial de la vida. ”Obtener dinero”, dijo, ”no es todo el asunto de un hombre: cultivar la bondad es una parte valiosa del negocio de la vida”. De hecho, Johnson explicó que la clave está en el proceso de obtenerlo: “Los vuelos naturales de la mente humana no van del placer al placer, sino de la esperanza a la esperanza”. Por lo tanto, no le fue difícil decir, al mismo tiempo, que una “disposición decente hacia los más pobres, es la verdadera prueba de civilización”, y que “tan pequeño es, entre todas las cosas que los corazones humanos enfrentan, esa parte que las leyes de los reyes pueden causar o curar” (importa recordar aquí su observación que “la mayoría de los esquemas de mejora que proponen los políticos son cosas verdaderamente risibles”).

Smith se basó en las ideas de Johnson sobre la naturaleza humana para desarrollar el concepto de “espectador imparcial”, una forma de describir lo que podríamos llamar la conciencia de una persona – una especie de ”espejo” – a medida que desarrolla relaciones comerciales y demás relaciones sociales. Smith creía que el hombre no nace con altos valores morales, sino que más bien los adopta como una manera de satisfacer su necesidad ilimitada de contactos sociales, lo que a cambio requería el desarrollo de la confianza para sobrevivir en una comunidad orientada hacia el comercio. Para Smith y para Johnson, el comercio y los mercados libres fomentan una conducta moral, promoviendo la sociabilidad y enfatizando los elementos esenciales de la Regla de Oro (haz a los demás lo que te gustaría que te hagan a tí).

Capitalismo de amigos

Burke coincidía ampliamente con los referidos análisis. Como señala Yuval Levin en su nuevo libro sobre Burke y Paine, Burke pensaba que “el lado oscuro de nuestros sentimientos no es mitigado por la razón pura, sino por los sentimientos más benévolos. No podemos ser juzgados simplemente por nuestros vicios, ya que podemos ser disuadidos de satisfacerlos, a través de la confianza y el amor que se desarrolla entre los vecinos, de los hábitos profundamente arraigados de orden y  paz, y el orgullo hacia nuestra comunidad o país”.

Cuanto más comercio haya, mejor será nuestra conducta, siempre y cuando se establezcan reglas claras para contrarrestar el abuso de los actores económicos más poderosos (lo que hoy en día llaman en los Estados Unidos “demasiado grandes para fallar”) que tratan de capturar la maquinaria del gobierno para ponerla al servicio de su propio interés privado.

La peor pesadilla de Smith fue la monopolización del comercio impulsada por el gobierno. Él sentía que un gobierno sobredimensionado (lo que hoy se conoce como “capitalismo de amigos” o capitalismo crony) era una fuente de corrupción e interferencia de los beneficios del comercio justo, que dependían del deseo del hombre de tener relaciones de mutuo beneficio y la igualdad de oportunidades. Los estudios demuestran que las comunidades con grandes relaciones comerciales con socios del exterior, muestran una conducta moral superior que las comunidades orientadas hacia un comercio limitado al interior. Por otra parte, el favoritismo del capitalismo de amigos (la selección de quiénes ganan y quienes pierden) no hace ningún favor ni a los más pobres ni a los caídos en desgracia.

Por ejemplo, muy pocos bancos hipotecarios se permitirían poner, a sabiendas, a una familia en una casa que saben que no podrán pagar, por dos razones claras. En primer lugar, el banquero podría no obtener los beneficios buscados; y en segundo lugar, el banquero podría tener que cruzarse seguido con esa familia, sus vecinos y amigos, en la iglesia o en el supermercado. Pero si el gobierno (digamos por ejemplo Fannie Mae trabajando con Countrywide) retira ansiosamente al banquero de la relación, asegurándole una buena ganancia pase lo que pase, ¿quién se atreverá a decirle que no a dicha familia? Bueno, deberían hacerlo los contribuyentes, ya que los estudios demuestran que los préstamos individualizados o “personales” (también conocidos como “prestamos de relación”) son más confiables que los grandes préstamos bancarios solicitados por Fannie Mae, el mayor prestamista del gobierno, hoy en día solicitados por la Oficina de Protección de Finanzas del Consumidor.

Alan Greenspan, en su libro más reciente, considera que la confianza de Smith en el propio interés es defectuosa, porque esa visión, combinada con la división del trabajo, postula un sistema autorregulado que no necesita de la supervisión gubernamental. Pero esa no era la visión completa de Smith. Siempre le preocupó que las grandes empresas capturaran al gobierno a cambio de algún favor especial, y consideró que el gobierno juega un papel crucial impidiendo los monopolios naturales y las interferencias antinaturales contra el libre comercio. Una vez afirmó que “el gobierno en manos de una empresa de comerciantes, es quizás, el peor de todos los gobiernos, sea para el país que sea”, por lo que el gobierno debe tener un papel regulador, preservando la igualdad de oportunidades, evitando la creación de monopolios, y protegiendo la propiedad privada.

La destrucción de la envidia

El ex presidente Obama lanza todos los análisis descriptos por la borda, argumentando que hoy en día “preservar nuestras libertades individuales requiere en última instancia de una acción colectiva”. En su opinión, aquellos individuos que persiguen sus propios talentos y sueños junto a otros individuos, buscando así satisfacer sus propias necesidades – la división del trabajo en un enorme mercado -, no pueden capacitar a los maestros ni construir carreteras, redes o laboratorios. Debemos entonces someternos a una acción colectiva, “juntos” como “pueblo”, bajo las órdenes del gobierno. Según Obama debemos olvidarnos entonces de la división del trabajo y de la fuerza moralizadora de las personas que construyen su prestigio a través de relaciones recíprocas en un mercado libre protegido de la corrupción de los intereses especiales. Una de las características más importantes de la idea de gobierno limitado que existe en los Estados Unidos de América es su alto nivel de voluntariado, tal como lo describió por primera vez Alexis de Tocqueville hace casi 200 años. Ese espíritu sigue vivo, y es un concepto que fue descripto y revitalizado por el presidente George H. W. Bush como los “1.000 puntos de luz”, que constituyen las organizaciones comunitarias privadas que él describió como esenciales para preservar nuestra libertad. Pese a que Obama dijo estar de acuerdo con dicho sentimiento acerca de la libertad durante su discurso en el 20 aniversario del evento Points of Light en College Station, Texas, hoy en día al voluntariado le cuesta muchísimo competir con el rol expansivo del gobierno previsto por los progresistas. El mejor ejemplo de esto es Europa, que prácticamente no tiene tradición filantrópica privada, escaso estímulo para la iniciativa empresarial, y una enorme dependencia del gobierno para los servicios comunitarios.

De este modo, puede decirse que el objetivo de Obama constituye nada más ni nada menos que una completa tergiversación del telón de fondo que nuestra Constitución heredó de los arquitectos de la Ilustración escocesa: su visión de la naturaleza humana, así como un modelo económico que ha revolucionado los estándares de vida y las oportunidades en todo el mundo. En su segundo discurso inaugural, Obama aseguró que los grandes programas gubernamentales “no debilitan nuestra iniciativa”, sino que “nos liberan para asumir los riesgos de lograr que este país sea grande”. Pero sin ningún tipo de límite, inevitablemente el gobierno socavará la iniciativa porque no habrá dinero para emprender y no habrá riesgos para que los individuos tomen, dejando tras de sí un mundo colectivista de capitalismo de amigos,  y en el que no habrá caridad para nadie.

Durante las presidencias de Obama, el gobierno hizo todo lo posible para intervenir y perturbar las transacciones privadas a través de la promulgación de miles de páginas de regulaciones acerca de todo lo que le fue posible, desde la atención médica hasta los servicios financieros. En su último discurso sobre el Estado de la Unión afirmó: “Esto es lo que la mayoría de los norteamericanos quieren, que todos los que estamos hoy en el Congreso nos enfoquemos en sus vidas”. La creación de enormes y nuevos burócratas irresponsables que emiten regulaciones masivas para corregir los errores de otros enormes burócratas, no es lo que los redactores de nuestra Constitución tenían en mente cuando impusieron la separación de poderes para limitar el tamaño del gobierno y garantizar la libertad de mercado para los individuos.

Adam Smith celebró el papel de la ambición e incluso de la avaricia a la hora de crear riqueza a través de la mano invisible, pero también describió bien el papel crítico que el gobierno desempeña al proporcionar beneficios no mercantiles, tales como el estado de Derecho de la sociedad civil, la protección contra los monopolios y contra el capitalismo de amigos, y, sí, incluso los impuestos progresivos para pagar estas obligaciones gubernamentales que los individuos no pueden proporcionar a los suyos.

Lo que Johnson aportó fue su visión acerca de la necesidad de los individuos de moderar su insaciable ambición, vanidad y envidia. Tanto Smith como Johnson vieron un doble papel del gobierno: por un lado, reforzar el respeto que la comunidad tenga de la Regla de Oro, mientras que por el otro lado, la prohibición de los ciudadanos de utilizar al gobierno para fines privados. De ahí la idea de enfrentar “la ambición del afán de lucro contra la ambición de poder”, a través de la separación de poderes, el federalismo y otras barreras constitucionales a la concentración de poder, así como la protección del libre mercado, la competencia y la propiedad intelectual y los derechos de propiedad reales, con el objetivo de fomentar tantas oportunidades como sea posible.

Johnson nos advirtió acerca de la envidia, que el ex presidente Obama se mostró decidido a explotar, aunque sea la más destructiva de todas las debilidades humanas. Se dice que el juez Roberts relee cada nuevo año el poema de Samuel Johnson “La vanidad de los deseos humanos”, en el que Johnson enseña cómo domesticar la envidia y las tentaciones de los mercados sin perder sus poderosos incentivos para hacer el bien. 

En su estudio acerca la envidia, Helmut Schoeck afirma: “La única actividad que nos libera de la envidia es aquella que nos llena de impulsos nuevos y diferentes, sentimientos y pensamientos que para ser de ayuda, deben reafirmar el valor, ser dinámicos y con visión de futuro. Para muchos, el deseo de superar su envidia puede haber sido un verdadero incentivo para alcanzar logros positivos, y por lo tanto habrán dado lugar a la satisfacción por lo logrado”.

El intento del ex presidente Obama de promover la envidia y el resentimiento es verdaderamente vergonzoso, y si verdaderamente hemos logrado aprender algo de la historia, veremos que finalmente fracasará.

La naturaleza humana y nuestra Constitución

¿Qué significancia tiene todo lo dicho en términos prácticos y políticos? Los Republicanos deberían considerar reprimir el uso del concepto “demasiado grandes para fallar” y demás manifestaciones del capitalismo de amigos, tales como el complejo militar-industrial-parlamentario (que fue el término originalmente usado por Eisenhower); el seguro y el sistema de salud dominado por PhRMA (que ha logrado muchas cosas, excepto eliminar la competencia); la monopolización sindical de la enseñanza primaria y secundaria en detrimento del respeto de las preferencias individuales y claro elemento destructor de la competencia; y, por último, la puerta giratoria entre un gobierno ilimitado y las grandes empresas que hacen posible todo esto. Los conservadores deberían apoyar una mayor firma de acuerdos de libre comercio, una reforma migratoria apuntada a maximizar las posibilidades de que los mayores talentos migren hacia las mejores oportunidades, la desregulación y la creación de la igualdad de oportunidades, decisiones que crearían posibilidades para muchos individuos. La solución a la desigualdad consiste en igualar las oportunidades educativas dando a los padres una verdadera opción libre para maximizar tanto la competencia como la capacidad de los mercados para crear crecimiento económico.

La envidia, por el contrario, es destructiva de todo lo que sustenta el sueño americano. Requiere una enorme interferencia de un gobierno ilimitado para su satisfacción, destruye las relaciones sociales y de mutuo beneficio que son esenciales para el funcionamiento del libre mercado, socava el estado de derecho, y en última instancia torna inútiles todos los esfuerzos voluntarios del sector privado para crear una “provisión decente para los pobres.” La búsqueda de la satisfacción de los intereses propios como punto de partida no implica lo contrario. El interés propio, como todo elemento que forma parte de la naturaleza humana, depende de la aceptación de la Regla de Oro, para que exista en la comunidad una confianza sostenida en la promoción del desarrollo del comercio. La envidia y la lucha de clases, por el contrario, implican que cada hombre y cada grupo por sí mismos, intenten controlar partes cada vez más grandes de la maquinaria gubernamental para que prevalezcan sus intereses especiales con el objetivo de obtener alguna ventaja. 

Conservadores modernos tales como Russell Kirk, han elogiado las contribuciones de Burke, Johnson y Smith (descriptos por Kirk como “los tres pilares del orden”) al reconocer la importancia de la autocontención: “Burke, Johnson y Smith, cada uno por su lado, describieron aquellas creencias e instituciones que mantienen una tensión benéfica entre el orden y la libertad. Fueron pilares de lo que Burke llama “‘este mundo de razón, orden, paz, virtud y fecunda penitencia”.

Nuestra Constitución encapsula estos aspectos de la naturaleza humana que a veces se enfrentan con la estructura básica del federalismo y la separación de poderes; capitaliza en la noción de enfrentar “la ambición de lucrar contra la ambición de poder” del gobierno para mantenerlos contenidos.

Al comienzo de su carrera, Oliver Wendell Holmes no vió ninguna conexión entre nuestra Constitución, las lecciones de la Ilustración escocesa y las ideas de Adam Smith. A pesar de las muchas referencias a los sólidos fundamentos sobre los que se basan los mercados libres descriptos en la Constitución, tales como el sistema de patentes, la protección de los contratos, y la igual protección ante la ley, Holmes afirmó en su famosa disidencia de 1905 en el caso Lochner que nuestra Constitución no encarnaba ninguna teoría económica en particular: “así fuera de paternalismo y de la relación orgánica del ciudadano con el Estado, o de libertad”.

Más de una década después, pareciera que Holmes cambió de opinión. Luego de mucho cabildeo por parte de sus amigos externos en relación  a casos de libertad de expresión ocasionados en parte por la Primera Guerra Mundial, Holmes no estuvo de acuerdo en el caso Abrams (que sus ideas del pasado habrían apoyado) al afirmar que “el bien último deseado es alcanzado de mejor manera a través del libre intercambio de ideas”. Explicó que “la mejor prueba de la verdad es el poder del pensamiento para hacerse aceptar en la competencia del mercado, y que la verdad es la única base sobre la cual los deseos [del hombre] pueden ser llevados a cabo con seguridad”. Hay personas que no ven ninguna contradicción entre las afirmaciones que Holmes realizó en el caso Lochner y en el caso Abrams con respecto a su opinión sobre la  relación entre el libre mercado y nuestra Constitución. Pero resulta difícil no percatarse de su clara interpretación de nuestra Constitución, en la que se prefiere la libre competencia y no el paternalismo.

Por lo tanto, el libre mercado y la competencia han sido reivindicados como los enfoques centrales de nuestra Constitución. Si es así, la izquierda progresista no sólo ha estado socavando nuestro documento fundador, sino que además ha estado poniendo en peligro nuestra herencia intelectual y cultural.

C. Boyden Gray ha servido como asesor de la Casa Blanca y del Hon. Embajador de los Estados Unidos de América ante la Unión Europea.

* Artículo publicado originalmente en The American Conservative en idioma inglés. Traducción al español de Fundación HACER de Washington DC (www.hacer.org)

Fuente: The American Conservative

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