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by Manuel F. Ayau CordonManuel F. Ayau Cordon


 





Cancún y los mitos contra la globalización

Por Ronald Bailey *

“Si a la vida, no a las patentes” es la consigna más escuchada entre los activistas que se oponen a la globalización durante el 5to encuentro de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Cancún. Y dicho lema forma parte de la encarnizada campaña contra los derechos de propiedad intelectual. Dos de los grandes temas en disputa, en la conferencia de la OMC, son: ¿Quienes tienen derecho a producir medicamentos y quiénes a manufacturar alimentos mejorados genéticamente?.

“Debe prohibirse el patentamiento de formas de vida con el objetivo de preservar la biodiversidad, preservar la salud de quienes consumen alimentos y cuidar de los derechos de los indígenas, protegiéndolos así de la presión de las corporaciones y sus avances genéticos”, declaró temprano en la mañana de hoy, un grupo de parlamentarios socialistas y medioambientalistas, durante una conferencia de prensa. Andrew Kimbrell, director del International Center for Technology Assessment de los Estados Unidos, dijo que el uso de patentes en biotecnología o “biocolonialismo” es una mera continuación del “brutal pasado de opresión y colonialismo en el mundo”.

Pero las patentes biotecnológicas no son el único tema en disputa en la reunión de la OMC, sino que existen muchas otras discusiones en materia de derechos de propiedad intelectual. Tony Clarke, del Polaris Institute anti libre comercio de Canadá, declaró durante el curso del International Forum on Globalization (IFG): “¡Los medicamentos esenciales deberían ser puestos a disposición de la gente!”. Mira Shiva, activista de la India, se pregunta siguiendo la misma línea argumental: “¿Por qué los pobres deben sufrir y morirse si hoy en día existen los medicamentos que podrían salvar sus vidas?”.

Pero antes de considerar los argumentos de los activistas antiglobalización para atacar a los derechos de propiedad intelectual, repasemos los conceptos básicos de la materia: Los derechos de propiedad sobre cosas como la tierra, casas y automóviles, son aceptados por todo el mundo. Las cercas protegen nuestras tierras y las cerraduras protegen a nuestros hogares y automóviles del ingreso y utilización por parte de desconocidos. Pero la propiedad intelectual, por su naturaleza, no puede ser protegida por medio de cercas ni de cerraduras. Por ejemplo, una vez que un equipo de investigación ha desarrollado una nueva droga, otro laboratorio que logre acceder a la fórmula, podría copiarla fácilmente. Esto implica que el laboratorio que invirtió su tiempo, dinero y esfuerzos, para beneficiar a la humanidad con un nuevo medicamento, no será recompensado por su trabajo. Las patentes fueron diseñadas para evitar esa situación y conservar los incentivos de los investigadores para desarrollar nuevos productos.

Las patentes son monopolios temporales, que normalmente duran veinte años y que tienen dos objetivos fundamentales: En primer lugar, para patentar un producto, el inventor debe explicar en detalle el método utilizado, para que una vez vencida la patente otros puedan hacer uso del mismo. En segundo lugar, al garantizar el monopolio al inventor, los derechos de propiedad intelectual constituyen el incentivo principal para que los inventores intenten desarrollar cosas nuevas, puedan vender licencias de fabricación de sus invenciones a quienes estén dispuestos a pagar las regalías o, simplemente, conserven el derecho a comerciar sus productos sin competencia durante veinte años. Abraham Lincoln describió a las patentes como: “el resultado de combinar el fuego de la genialidad con la energía del interés”. Simplemente mire a su alrededor y piense que casi todos los productos que utiliza en su vida cotidiana, alguna vez tuvieron una patente.

En el ámbito de la OMC, los derechos de propiedad intelectual, patentes incluidas, están considerados en un acuerdo llamado “Condiciones comerciales para derechos de propiedad intelectual” (Trade Related Aspects of Intellectual Property Rights o TRIPS, en inglés). Las TRIPS requieren que todos los países miembros de la OMC reconozcan las patentes de productos tales cómo: medicamentos y cereales mejorados genéticamente. Sin una protección mundial de patentes, una companía en Sudáfrica podría fabricar productos basados en una patente de origen brasileño y luego enviar por barco los productos a Brasil, vendiendo por debajo de los costos de quien posee la patente. Quizás en el corto plazo, los consumidores brasileños se beneficien accediendo a versiones más baratas producidas en Sudáfrica, pero en el largo plazo todos estaremos peor, ya que quienes desarrollan nuevos productos tendrán menos incentivos para continuar haciéndolo.

Pero y ¿qué será de los pobres en lugares como África, Latinoamerica y la India, que deben enfrentar enfermedades tales como el SIDA? Después de todo, la fabricación de la píldora antiviral sólo cuesta unos pocos centavos desde que la fórmula fue revelada, varios años atrás, por las grandes companías farmacéuticas de Estados Unidos y Europa. Esta claro que los costos de investigación para encontrar y desarrollar drogas efectivas para tratar el SIDA alcanzaron varios cientos de millones de dólares y que una vez que se llega a la fórmula correcta, cuesta unos pocos centavos fabricar cada píldora. Píenselo de esta manera: la primera píldora costo $500 millones de dólares; la segunda cuesta apenas cinco centavos. Es decir que vender la segunda y tercera píldora o miles más de éstas a cinco centavos cada una, no logrará jamás recuperar el monto invertido en investigación que se requirió para llegar a la primera píldora.

Si los laboratorios no logran recuperar sus inversiones, dejarán de hacer investigaciones y todos estaremos peor, ya que desaparecerá la fuente principal de nuevos medicamentos. Durante la segunda mitad del siglo pasado, la mayor parte de los nuevos fármacos, que tanto contribuyeron a mejorar la salud de millones de personas en los países desarrollados y en vías de desarrollo, fueron producidos por companías farmacéuticas con fines de lucro. Sin los descubrimientos de dichas companías, millones de personas alrededor del mundo hubiesen muerto antes de tiempo o tenido que vivir soportando espantosos dolores y terribles enfermedades.

Sin embargo, resulta trágico saber que cientos de millones de pobres en el mundo en vías de desarrollo, no puedan enfrentar los costos de estos tratamientos modernos. ¿Cómo podemos satisfacer las necesidades de los indigentes sin acabar con el sistema de protección de los derechos de propiedad intelectual que tanto bien ha hecho a la humanidad?

Los negociadores de la OMC llegaron a un acuerdo, justo antes de comenzar el evento en Cancún, que permite a los países pobres importar versiones genéricas de bajo precio de medicamentos que todavía están protegidos por patentes en el mundo desarrollado. No se trata de una solución optima y requerirá de algunos ajustes adicionales para asegurarnos que las versiones genéricas no acaben con la venta de las versiones patentadas vendidas en los países desarrollados. Lo que quizás resulte más dañino, es que este compromiso terminará con los incentivos para que las companías farmacéuticas inviertan en investigaciones futuras acerca de enfermedades que afecten mayormente a los pobres en el mundo en vías de desarrollo. ¿Y por qué habría de tener este efecto? Porque las companías saben que cualquier cosa que desarrollen ahí, será copiada y vendida a bajo precio, mucho antes que puedan recuperar los costos de la investigación. En suma, los pobres se beneficiarán de este acuerdo en el corto plazo, pero sufrirán en el largo plazo, cuando se discontinúen los desarrollos de nuevos y mejores fármacos para tratar enfermedades propias del tercer mundo. Contestando entonces a la pregunta de Shiva, podemos afirmar que: “Aún más pobres sufrirán y morirán en el futuro porque no existirán los nuevos medicamentos que necesiten”.

Las patentes biotecnológicas, especialmente las vinculadas a la mejora de cereales, también están siendo atacadas por los fanáticos medioambientalistas. En primer lugar, muchos expertos reconocen que las patentes biotecnológicas son un poco imprecisas y que por ende, necesitan ser definidas con mayor detalle. Sin embargo, esto no implica que el concepto de patente biotecnológica sea pernicioso. Como las demás áreas de investigación y desarrollo, las patentes biotecnológicas juegan un rol vital en incentivar el desarrollo de nuevos y mejores productos. Por supuesto, los cereales mejorados genéticamente constituyen uno de los principales debates en el comercio mundial hoy en día, a causa de las disputas entre Estados Unidos y la Unión Europea sobre el carácter inofensivo, o no, para la salud de los consumidores de dichos productos. Sin tener que profundizar en el tema, basta con decir que entre los cientos de millones de personas que han consumido productos hechos en base a cereales modificados genéticamente, no ha habido ni un solo caso documentado de persona que haya sufrido más allá de una constipación o un ligero dolor de estómago.

La “biopiratería” es lo que más molesta a activistas como Andrew Kimbrell. Éste y otros detractores de la globalización, acusan a corporaciones transnacionales como Monsanto y Syngenta de robar genes a los agricultores pobres del mundo. Estas ambiciosas corporaciones roban supuestamente los genes de aquellas variedades de plantas cultivadas por los agricultores tradicionales y las patentan a su nombre. Son las mismas companías la que más tarde intentan vender los genes patentados a los mismos pobres a quienes se los arrebataron. ¿Suena bastante inescrupuloso, verdad?

Lo que en realidad ocurre es que los investigadores de companías como Monsanto o Bayer, monitorean una amplia variedad de plantas en busca de genes útiles, tales como anticuerpos o nutrientes. Supongamos por ejemplo que los investigadores encuentran un gen en una variedad de arroz en la India, que previene la formación de hongos en la planta. Los investigadores utilizarán entonces dicho gen antihongos en alguna variedad de trigo de alto rendimiento, con fuerte tendencia a perecer ante la presencia de hongos. Los agricultores de la India hubiesen estado encantados de poder sembrar el trigo de alto rendimiento en el pasado, pero no podían hacerlo por su inminente debilidad ante los hongos.

Los genes son recursos, del mismo modo que lo es por ejemplo: el cobre. Si tengo un pedazo de roca que contiene cobre, lo que para mí no es de gran utilidad, quizás pueda ser usado como pisa papel. Sin embargo, una roca que contiene cobre, es un recurso muy valioso para aquellas personas que tienen la habilidad de extraer minerales, moler, refinar, diseñar y luego comercializar productos hechos de cobre, tales como los cables de cobre, ollas y chips de computadora. Seguramente, sería poco razonable de mi parte pedir a esa persona que me compra la roca para convertirla luego en una olla, que me regale la olla una vez terminada. Lo mismo ocurre con el hipotético desarrollo del gen antihongos que los agricultores de la India no pueden aprovechar ya que no tienen forma de sacarlo del arroz y aplicarlo al trigo por si mismos. Gracias a la biotecnología, los agricultores de la India pueden hoy en día cultivar trigo de alto rendimiento sin temor de que los hongos arruinen sus plantaciones. La biopiratería es entonces una cuestión inexistente, una mera ficción, aunque los activistas antiglobalización lo entiendan exactamente al revés.

Los derechos de propiedad intelectual, lejos de haber perjudicado a los pobres, son la base de la que dependen muchas tecnologías que ayudarán al tercer mundo a salir de la pobreza y alcanzar la tan ansiada prosperidad.

* Ronald Bailey, es corresponsal científico de la revista Reason y becario de International Policy Network

Traducción: Eneas Biglione - Hispanic American Center for Economic Research www.hacer.org



  


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