Opinion: Refundar el capitalismo, una mision imposible - por Guillermo Hirschfeld

En el plano económico, el mundo globalizado atraviesa una crisis financiera sin precedentes y esta tarde comienza en Washington la cumbre del G20 con el fin de brindar una solución política a la misma. Desde Europa se alzan las voces de aquellos que encuentran en la refundación del capitalismo un paliativo contra la crisis. Es una verdad innegable que, para inyectar confianza a los mercados, es necesario dotar de una carga simbólica trascendente a las decisiones que se tomen en esas esferas de poder político, pero estas no pueden entrar en un terreno que linde con un dislate conceptual.
Está muy difícil eso de refundar algo que nunca fue fundado.
¿Cuándo se fundó el capitalismo? ¿Quién lo fundó? ¿Dónde se fundó? Lamentablemente para los ingenieros de la planificación social, me temo que estas preguntas no tienen respuestas. Los planificadores muchas veces piensan que se pueden inventar el mundo cada mañana, y eso no es posible. Ignoran que el progreso de la humanidad obedece a un orden espontáneo de las personas interactuando libremente y no a los designios de la voluntad de algunos elegidos.
Con el fin de arrojar un poco de luz al debate que recién comienza, y que me temo durará bastante - este debate, desde que empezó esta crisis, ha estado impregnado muchas veces por la confusión, el engaño y la manipulación -, voy a intentar mediante tres ideas-fuerza desmontar algunas de las falsas premisas de las que se parte, para así desestigmatizar, en la medida de lo posible, al ideario liberal, sustento del capitalismo, hoy, demonizado por los enemigos de la libertad.
En primer lugar, para los que somos liberales, el libre mercado sólo lo es cuando hay Estado de Derecho, reglas claras, establecidas de antemano, seguridad jurídica y marcos previsibles y estables. De hecho, el Estado Moderno, tal y como hoy lo conocemos –con división de poderes, libertades individuales, igualdad ante la ley, rendición de cuentas…- es heredero del pensamiento liberal que en siglo XVIII y XIX abogaba por dar un salto del antiguo régimen al nuevo. En síntesis, cuando nos dicen que nosotros los liberales somos los que luchamos por la desaparición del Estado, quizá deberíamos responder sin titubeos que, por el contrario, en su día libramos la batalla por su creación y ahora la libramos por su mejor funcionamiento. Se ha dicho también que se debe acabar con el fundamentalismo del mercado: eso sería como decir: acabemos con el fundamentalismo de la defensa de lo que la gente quiere y desea, porque los mercados no son otra cosa que nosotros mismos, miles de millones de personas que interactuamos y ponemos de manifiesto nuestros intereses, deseos, y preferencias por medio de otros miles de millones de acuerdos libres, pacíficos y voluntarios. Más Mercado y mejor Estado es un buen lema.
Otra fabula ideológica que nos han intentado colar durante este tiempo es que la tradición liberal (el neoliberalismo, les gusta decir, para otorgarle una carga peyorativa al término) es ajena a las costumbres hispanoamericanas y que nos llega del mundo anglosajón. Como si fuera algo de creación de los Estados Unidos, de los gringos, de los Yankees... Sin embargo, la tradición de libertad que está en las raíces del las naciones occidentales de este planeta, no es ajena a la cultura hispana. Por el contrario, el componente hispano refuerza esta herencia de libertad, en el entramado occidental. La escuela de Salamanca, la escolástica española, es un ejemplo elocuente acerca de cómo el pensamiento liberal hunde sus raíces y se remonta al mundo hispano del siglo XVI. La teología escolástica, expuestas por los padres de la Escuela de Salamanca, Francisco de Vitoria y Francisco Suarez, entre otros, le hizo saber al mundo que los hombres nacemos libres, y que las personas gozan de unos derechos que son inalienables. Derechos como la vida, la libertad, la dignidad, y el derecho a la propiedad individual. En los escritos de los frailes de la escuela y anteriores a Adam Smith se hallan alguna de las bases del liberalismo político y económico. Aun siendo actores esenciales en el proceso histórico que abre la puerta a la democracia liberal, estos frailes no tuvieron la jactancia ni la fatal arrogancia de registrar en un acta fundacional el origen del liberalismo.
Para terminar, el tercer punto me parece fundamental. Abordaré aquél error, aquella falacia en la que nos quieren hacer caer muchas veces los dirigistas al pretender situarnos a los liberales como adherentes de unas fuerzas ciegas y descontroladas del mercado. Para este punto voy a recurrir al maestro Ludwing von Mises que en su obra La acción humana nos explica de forma inmejorable cuál es el falso dilema que pretenden dejarnos sobre la mesa los enemigos de la libertad. Refiriéndose a la conocida laissez faire, laissez passer el maestro se pronunció de la siguiente manera y con manifiesta vigencia:
“En nuestra época de apasionado anhelo de la omnipotencia gubernamental, la formula ha caído en desgracia. La opinión pública la considera hoy como manifestación de depravación moral y de supina ignorancia”. Mises plantea que el “truco”, el ardid para destruir al “Dejar hacer, dejar pasar”, reside en plantear la disyuntiva entre unas supuestas “fuerzas ciegas y automáticas” frente a una “planificación consciente”. Continúa “Es evidente, que confiar en procesos irreflexivos es pura estupidez. Nadie en su sano juicio puede propugnar la inhibición; que todo siga su curso sin que intervenga ninguna voluntad consciente. Cualquier ordenamiento racional de la vida económica será siempre superior a la ausencia de todo plan. El laissez faire significa- para los dirigistas-: Dejad que perduren las desgracias; no interfiráis, no hagáis nada por mejorar racionalmente la suerte de la humanidad. Éste es un planteamiento falaz.”
Mises nos dice que lo cierto es que la alternativa no se plantea entre inerte mecanismo, de un lado, y sabia organización, de otro; entre la presencia o la ausencia de un plan. Sino que la cuestión es la siguiente: ¿Quién planifica? ¿Debe cada miembro de la sociedad hacer sus propios planes o debe planificar para todos un gobierno benevolente? Estamos en presencia de una falsa encrucijada. El dilema no es: automatismo ciego frente acción consciente, sino acción autónoma de cada individuo frente acción exclusiva del gobierno, o bien: libertad frente a omnipotencia gubernamental. El laissez faire no pretende desencadenar unas supuestas fuerzas ciegas e incontroladas.
En definitiva, lo que queremos, es dejar a todos en libertad para que decidan cómo concretamente va a cooperar en la división social del trabajo y que los consumidores sean, en definitiva, quienes determinen lo que los empresarios hayan de producir.
Nos replicarán seguramente que bajo esta lógica no se producen aquellos bienes y servicios que la gente ‘realmente’ necesita, sino los que mayor beneficio reportan, y que el objetivo de la planificación debe ser encauzar la producción de suerte que queden satisfechas las ‘verdaderas’ necesidades. Pero, parafraseando a Mises:
“¿quién es capaz de decidir cuáles son esas ‘verdaderas’ necesidades?”
En todo caso, de toda calamidad se puede extraer una oportunidad. Si bien los líderes de Occidente están diciendo que van a refundar el capitalismo, que no deja de ser un error conceptual, lejos están de refundar al socialismo. Afortunadamente lejos están en esa reunión de algunos de los caudillos populistas de América Latina que hablan del Socialismo Siglo XXI, como aquél ideario de “vanguardia” que revive al socialismo del siglo XX- aquel que conllevó la miseria, muerte y opresión de millones de personas. Si de esta reunión surgieran propuestas que generasen mayores niveles de libertad con transparencia, seguridad jurídica y accountability serán bienvenidas aun por los que desconfiamos de la validez conceptual de refundar el capitalismo. Caso contrario, los líderes del mundo habrán escogido un camino que retorna al pasado. Un sendero signado por un intervencionismo que ya demostró su rotundo fracaso.
Labels: Latin America














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