Friday, November 28, 2008

Ecuador: Ni en las buenas ni en las malas - por Bernardo Acosta

El Gobierno no pudo generar bienestar durante la bonanza ni podrá afrontar la crisis.

El auge petrolero se derrochó en proselitismo y medidas populistas. No se conoce cuánto ha gastado el Gobierno de manos limpias en propaganda ni cuál ha sido la factura de los viajes electorales de Correa. Sin embargo, se estima que solo en contrabando de bienes subsidiados se perdieron más de USD 500 millones el año pasado. Gran respaldo supondría aquel monto ahora que el Régimen lanza un paquete de USD 60 millones para mitigar los efectos de la crisis, cuando solo entre el segundo y tercer trimestre de este año las remesas cayeron USD 168 millones en relación con los respectivos trimestres de 2007.

En vez de financiar los caprichos electorales de Correa o despilfarrar en subsidios, la renta petrolera pudo destinarse a una alcancía del Estado -como se hizo hasta que Correa la destruyó- de modo que existan recursos para los períodos adversos. Aquel panorama fiscal hubiera asentado la confianza para que los agentes económicos emprendan actividades productivas durante la bonanza, lo que no ocurrió, y permitiría que, en el presente, el Estado afronte los embates de la crisis con sus propios fondos o con fácil endeudamiento externo, lo que resulta improbable, más aún con la reciente moratoria técnica y el informe de marras.

Además, si se hubiera administrado bien la bonanza, ni el déficit comercial ni la inflación serían graves. El motivo es que esos recursos que el Régimen inyectó en la economía no aumentaron la producción sino la demanda, y esta se satisfizo con más importaciones y también puso presión en los precios. Ahora tanto el déficit comercial como la inflación amenazan la dolarización, ya que los bienes ecuatorianos se encarecieron, pero no podemos devaluar el dólar para aumentar la competitividad.

Si el Gobierno hubiera restringido las políticas que dispararon los precios, las ventajas que ahora ofrece al sector exportador no serían necesarias. Es decir, si se hubiera ahorrado el dinero público durante el auge, tampoco se tendría que incurrir en gastos innecesarios en el presente.

Durante el apogeo también se aumentó el impuesto a la capitalización de utilidades bancarias, de modo que en términos tributarios resulte tan atractivo capitalizarlas como repartirlas, lo que desalentó la capitalización. Ahora, como gran medida ante la crisis, se regresa al esquema tributario original.

Para rematar, este debe ser el único Gobierno que en un momento recesivo sube ciertos impuestos, disuade el ingreso de capitales foráneos, compromete su acceso a crédito, y llama a la ciudadanía a consumir productos ecuatorianos mientras paga chef belga, contrata asesores españoles y argentinos, y adquiere de contado aviones brasileños.

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