¿Arde Argentina? - por Manuel Mora y Araujo

"...Protestando, la Argentina ganó una reputación no del todo inmerecida: la de que sus gobiernos son siempre, por definición, inestables, y con frecuencia se caen ante de que los ciudadanos les voten en contra. (...) Es tan inexplicable la manera en que el gobierno está manejando estos problemas que muchos de quienes protestan piensan que es el gobierno mismo el que busca instalar un clima de “golpe de estado”."
El mundo entero está muy complicado. A los problemas de origen político se han sumado ahora los derivados del aumento del petróleo y de los alimentos. Combustibles caros, comida cara, malestares sociales diversos, todo enrarece el clima de la vida cotidiana en países ricos, en país emergentes y en países pobres. ¿Y en la Argentina? Este país todavía hoy expota más de lo que consume; todavía los alimentos son baratos y abundantes. Por añadidura, el fisco dispone de reservas y el balance de las cuentas públicas es superavitario. La economía viene creciendo a tasas muy altas desde hace cinco años, con fuerte reducción del desempleo y mejora en los indicadores sociales. Pero en la Argentina el cuadro social es parecido al de muchos otros países del mundo: se extiende la protesta, aumenta el malestar, declina el apoyo al gobierno, se enrarece el clima político. ¿Qué pasa en la Argentina?
Es difícil responder esta pregunta tan simple. Pasar, no pasa nada. Excepto que el gobierno argentino ha desatado un vendaval de protestas, bloqueos, cese de producción y confusión generalizada, por su decisión de aumentar en forma inconsulta los derechos de exportación a los granos y oleaginosas. A partir de eso, el sector agropecuario -el gran pilar productivo de la economía argentina- entró hace tres meses en estado de protesta. Poco a poco, otros sectores comenzaron a protestar. Para entender un poco de qué se trata, es preciso tener algo en cuenta: en la Argentina siempre se protesta por algo.
En la Argentina de estos días protestan cada vez más grupos sociales. Protestan los productores agrícolas en las rutas, al mismo tiempo protestan los camioneros en las mismas rutas (porque al no haber despacho de la producción agraria no hay trabajo para ellos), protestan los simpatizantes del gobierno nacional (que eran muchísimos pero ahora son cada vez menos), como de costumbre en algunas provincias protestan los maestros de escuela porque ganan poco, en otras protestan los trabajadores del petróleo por el mismo motivo (un dato relevante: los maestros que protestan ganan poco más de mil pesos por mes, los petroleros ganan no menos de cinco mil, pero a todos, claro está, les parece poco), y de pronto salieron a protestar los humildísimos vecinos de un barrio de emergencia en Buenos Aires porque no les llega el gas a sus paupérrimas viviendas, protestan vecinos más pudientes porque algunos gobiernos locales aumentan los impuestos locales y podrían protestar -y tal vez lo hicieron- muchos otros. ¿Unos contra otros? De ninguna manera. ¿Todos contra el gobierno? Ni siquiera. Se protesta porque el mundo no es como cada uno quiere.
Protestando, la Argentina ganó una reputación no del todo inmerecida: la de que sus gobiernos son siempre, por definición, inestables, y con frecuencia se caen ante de que los ciudadanos les voten en contra. El gobierno argentino cree ver en este torbellino de protestas y paralización de la actividad productiva las señales de que se avecina una movida desestabilizante. Es tan inexplicable la manera en que el gobierno está manejando estos problemas que muchos de quienes protestan piensan que es el gobierno mismo el que busca instalar un clima de “golpe de estado”. La discusión se va desplazando, de ese modo, de un eje a otro.
En la sociedad, la inquietud crece. Se habla de desabastecimiento, se teme una ola de desempleo, se desactivan inversiones, la prensa dice que se desploma el precio de las propiedades inmuebles… El país que volaba a alta velocidad de crecimiento ahora también está en crisis, como el resto del mundo, o al menos eso creen sus habitantes. Pero los problemas de este país no son “importados” ni derivan de los problemas del mundo; son enteramente de producción propia, y no es fácil entender por qué se generan.
No es fácil entender a esta sociedad que sabe protestar mejor que cualquier otra cosa pero no sabe encontrar una fórmula para generar mínimos consensos sociales estables y traducirlos a gobernabilidad. No es fácil entender a un gobierno hace pocos meses ganador de una elección presidencial, que disponía de un fuerte respaldo en la opinión pública, que tenía a su disposición una economía de producción, un mercado mundial demandando con avidez sus productos, recursos suficientes para ejercer el poder con una comodidad que a muchos ya parecía excesiva -pero incuestionable-.
¿Está el gobierno de Cristina Fernández y del aparato político construido por Néstor Kirchner buscando su suicidio político? No hay explicación racional que pueda dar cuente de ello; pero algo así parece estar sucediendo. ¿Hay una oposición política a este gobierno que se muestre preparada para capitalizar sus errores o sus falencias? No se la ve en el horizonte.
Las miradas del público informado y de los comentaristas políticos se dirigen ahora a la vieja clase política que fue derrotada por Kirchner -o por otras fuerzas locales en distintas provincias-. También miran a dirigentes mediáticos, emergentes del mundo del espectáculo político, carentes de propuestas, de organización y de seguidores pero a la vez expertos en explotar la demanda televisiva de protesta y catastrofismo. Los perdedores y los excéntricos, ¿serán la alternativa política para un país sin dirigencia? Difícil imaginarlo, si esto no fuera la Argentina, siempre propensa a arder en los llamas que surgen de la extraña hoguera de la incapacidad de gobernar con consenso.
Hay también una reserva de dirigentes que han sido legitimados por el voto ciudadano: gobernadores, intendentes, legisladores. Pero todavía no han dado un paso al frente.
Labels: Argentina














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