Libertad Responsable *

por Carroll Ríos de Rodríguez 1

 

Algunas noticas deprimen. En Nicaragua, un joven de 15 años le partió la cabeza a un señor con un ladrillo, a sabiendas de que su acto no sería castigado porque la legislación nicaragüense protege a la niñez. En Estados Unidos, un joven de 14 años hirió a su vecina con un bate. Temiendo un regaño, prefirió matarla y esconder el cuerpo. Surgen las preguntas: Qué hicimos mal? Quienes son responsables de actos tan horrendos? La respuesta más convincente es que el error consiste en diluir la responsabilidad personal por los actos, o en excusar los actos inmorales porque éstos son el producto fatídico de un ambiente adverso.

Comenzamos a cuestionar esa moda que, durante décadas, favoreció el fatalismo, el nihilismo y el determinismo, que en efecto exoneraban a las personas de las responsabilidad de sus actos. Pero el determinismo y el fatalismo no son nada nuevo. Ya en 1740, David Hume advertía que el determinismo fatalista paralizaba la voluntad y engendraba pasividad y letargo. No asi el determinismo bien entendido, es decir, el reconocimiento de que los actos humanos son causa y efecto de otros actos y de condiciones particulares. Bajo esta acepción, el determinismo no nos exime de responsabilidad moral. Al contrario, podemos juzgar el mérito o demérito de las acciones precisamente porque identificamos a las personas con sus actos.

Al tiempo que la revolución hippie celebraba la irresponsabilidad, Henry Hazlitt (Fundamentos de la moralidad, 1964) puso punto final al antiguo debate. La libertad en un sentido moral, no es la libertad de la causalidad, sino la libertad de la compulsión. El hombre es libre de compulsión cuando no es restringido o coaccionado por fuerzas o personas fuera de sí mismas… Cuando preguntamos quién es responsable de un acto, queremos saber quién debe ser premiado o castigado por el mismo. No es una consideración metafísica sino práctica. Sólo un acto libre puede calificarse moralmente.

Cuando se diluye la responsabilidad por los actos personales, también se corroe la libertad. Esta es una consecuencia poco comentada del modelo de gobierno vigente en América Latina durante más de 50 años: el Estado Benefactor. El gobierno paternalista se arrogó la obligación de ahorrar por nosotros, de proveernos de servicios de salud, de conseguirnos empleo, y, peor aún, de protegernos de nosotros mismos y de nuestros vicios, como por ejemplo del licor y del tabaco. Los ciudadanos delegamos en él nuestras obligaciones. Pero el estado benefactor no fue más que un amplísimo grupo de personas que nunca tuvieron responsabilidad directa por los resultados de la actividad gubernamental. En América Latina, por lo menos, este modelo se caracterizó por ser mediocre, burocrático y por no alcanzar las metas trazadas.

Creo que se está gestando un cambio de opinión respecto a la capacidad del gobierno de tomar decisiones difíciles en nombre de los ciudadanos. No han tenido las consecuencias buscadas, ni el uso de la coaccion para cambiar la naturaleza humana, a la Nietzsche, ni la regulación excesiva o prohibitiva, como la prohibición al licor a principios de siglo en Estados Unidos. Con muy contadas excepciones, las intervenciones gubernamentales no nos pueden salvar del riesgo, los errores y los triunfos inherentes a la libertad personal. Entonces, cómo prevenir situaciones como las descritas al inicio del artículo? Para edificar una sociedad de niños, jóvenes y adultos de bien, es necesario desarrollar nuestra capacidad de raciocinio, contar con información veraz para iluminar nuestras decisiones personales y ante todo, saber con certeza que seremos responsables de las consecuencias buenas y malas de nuestros actos. Y esto compete más a los padres de familia, los líderes espirituales y la comunidad que al Gobierno.

 

* Publicado en Guatemala el 24 de Octubre de 1999 en "Siglo XXI".

1 Carroll Ríos de Rodríguez pertenece al Centro de Estudios Económicos y Sociales (CEES) de Guatemala.