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Argentina

Argentina: Ese país envilecido por la mala vida y el mal ejemplo – por Jorge Fernández Díaz

Todos los días, a la misma hora y hasta no hace mucho, Vanesa Toledo sentía una especie de inquietud: esperaba instintivamente cada tarde el puntual regreso de su madre muerta. Graciela Díaz tenía 49 años, murió en el accidente de Once y su hija la encontró en la morgue al final de aquella fecha infame. De allí Vanesa salió con la desesperación de quien siente el llamado lacerante del destino. Tardó algún tiempo en entender el entramado de corrupción e ineficiencia del Estado que se escondía detrás de la múltiple tragedia. Hace dos meses que Toledo acecha los andenes y los trenes del Sarmiento buscando una pequeña solidaridad: lo único que pide es que los usuarios del ferrocarril del infierno se dejen fotografiar bajo un logo. La campaña se llama “500 mil caras por la justicia”, y su propósito no es pedir por los muertos ni por las víctimas del accidente, sino por la situación de los que quedan, esos miles y miles que todos los días arriesgan el pellejo en un servicio abominable y en formaciones ruinosas que dan miedo. La sorpresa es que los pasajeros le dan vuelta la cara a Vanesa, le responden no me importa, a mí no me pasó, no me interesa, dejáme en paz. Esa respuesta, esa fractura solidaria y moral es aún más significativa que las maniobras del poder para silenciar el episodio. Porque advierte, como la primera pieza de un rompecabezas, sobre la sociedad que se está formando en la Argentina verdadera, la que no sale en la televisión ni en los diarios ni en los discursos ni las videoconferencias. Ese vasto país abandonado y, en parte, envilecido por el mal ejemplo y la mala vida.

Esta semana las noticias parecieron trabajar para ese cuadro. Las minuciosas imágenes de los jefes de la Guardia Imperial, la barra brava de Racing, luciendo cicatrices de combate, tatuajes tumberos, vida de millonarios y carácter turbulento a bordo de un crucero de lujo, revelaron que los violentos del fútbol no sólo se mueven impunes, sino que hasta empieza a gustarles la ostentación de su prosperidad. Dirigentes deportivos, sindicalistas y políticos pagan la cuenta de estas fuerzas de choque. Que la Presidenta elogió en público al confesar su adoración por “esos tipos parados en los paravalanchas, con las banderas que los cruzan así, arengando, son una maravilla”.

Al escuchar esta declaración, el periodista especializado en violencia del fútbol Gustavo Grabia se declaró azorado. Recordó los vínculos del kirchnerismo con Hinchadas Unidas Argentinas, de La Cámpora con el alquiler de La 12 en el debut de Fútbol para Todos, el cotillón que Guillermo Moreno le regaló a Los Borrachos del Tablón, y señaló que con esa declaración, pronunciada desde la máxima representación institucional, se le estaba extendiendo un cheque a los barras. “Y sabe qué, Presidenta -escribió Grabia-, éstos cobran en constante y sonante.” Durante la era kirchnerista hubo más de cincuenta muertos, un sinnúmero de heridos e incontables actos de salvajismo, y todos reconocen que el fenómeno está entrando en una vertiginosa espiral. La glorificación de los barras por parte del poder político tiene mucho que ver con la asociación del Gobierno con Fútbol para Todos, su principal instrumento de propaganda, como lo demuestra una flamante encuesta de Poliarquía, y también con la prolija evasión por parte de la televisión kirchnerista de los incidentes en las canchas provocados por las patotas organizadas. Las transmisiones periodísticas, en lugar de mostrar y denunciar, borran esas batallas, las extirpan para que nada turbe el plácido relato oficial.

Sin embargo, como en el caso de Once, lo más triste es que miles de hinchas genuinos se han ido mimetizando con los marginales. Ya no los repudian tanto ni los aíslan. Por el contrario, algunas veces los aclaman y hasta les compran camisetas con el nombre de las barras bravas para vestir orgullosos o para que sus hijos las lleven por la calle.

El triángulo se cierra con la certeza de que los narcos contratan a chicos como “soldados” por 150 pesos al día en el Gran Rosario. Los asesinatos en cadena que se están produciendo allí obraron como un milagro: el kirchnerismo descubrió de repente la inseguridad y el narcotráfico, pero sólo en Santa Fe, donde gobierna el socialismo. La administración de Bonfatti y de Binner no puede eludir su responsabilidad gestionaria, puesto que no logró evitar que las pymes de la droga se enquistaran en las zonas empobrecidas de esa provincia, y esa impericia es muy grave. Pero el Poder Ejecutivo jamás puede exculparse del drama, puesto que el tráfico de estupefacientes no sólo es un delito federal, sino que las fronteras y las rutas nacionales son de su exclusiva competencia.

Por otra parte, la instalación del negocio narco no es un producto regional santafecino. Es un modus vivendi en amplias franjas de la Capital, del conurbano bonaerense y de diversos cordones pauperizados de distintas provincias argentinas. En esas zonas sucede lo que el economista Ernesto Kritz graficó como nadie: “Se pasó de las manzaneras a los dealers de la manzana”.

El diputado Agustín Rossi, que tiene intereses creados en Santa Fe, pronunció otra frase memorable: “El gobierno perdió el control de la seguridad”. Se refería, naturalmente, al gobierno de su provincia. Pero la cita podría aplicarse al gobierno nacional y también al campamento de Daniel Scioli. Si algo fracasó en el oficialismo es su política de seguridad, entrampada en una discusión ideológica de izquierdas y derechas, como si no existiera nada entre la mano dura y el abolicionismo judicial. En el medio existe, por ejemplo, la eficiencia. Pero esa palabra no figura en el diccionario de la política.

No cabe duda de que el empobrecimiento y el quiebre de valores de los años 90, sumados al crac político y económico de 2001, dañaron seria e íntimamente el tejido de la sociedad. Ni que el crecimiento a tasas chinas de la posdevaluación generó millones de empleo. Pero es, a su vez, muy notorio que diez años de clientelismo a mansalva profundizaron los problemas. El clientelismo destroza la cultura del trabajo, hace príncipe al puntero y genera una cultura mercenaria. Todo se compra y se vende. Todo tiene precio y la vida es un toma y daca. Mientras cacarea militancia comprometida, el kirchnerismo territorial no ha fortalecido el compromiso sino el método del alquiler mediante la dádiva. La marginalidad no fue integrada, sólo se la rentó para trabajos especiales, en un mundo de facinerosos y de fascistas barriales, y en un país donde la desigualdad no ha cedido. Ese es el perfecto caldo de cultivo para el narcotráfico, puesto que en un mercado de menesterosos donde la política ya ha comprado voluntades hay siempre gente predispuesta a oír nuevas ofertas.

La degradación no sucede únicamente en los sectores más carenciados. El 40% de los argentinos sigue trabajando en negro y sabe que el Gobierno se pasea por el mundo con feriantes ilegales. También que miente descaradamente con los números de la inflación, y que la paritaria con semejante nivel de distorsión de precios llama a la guerra permanente. Que en las calles puede pasar cualquier cosa, y que el delito no paga. Que los trenes matan, los barras son geniales y que ser trucho es ser vivo y simpático. Es ser argentino. De esa creencia no se salvan muchos miembros de la clase media, donde reina el individualismo extremo. Ni los segmentos más altos, proclives a agasajar al Gobierno por cobardía empresaria.

Los que miran para otro lado en el tren, los que acompañan festivamente a los violentos y a los truchos, los que esperan del Estado favores y prebendas, los que han perdido la solidaridad y el respeto por sí mismos y por los demás, son hijos del caníbal. Y caníbales de sus hijos.

Fuente: La Nación (Argentina)

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