UN GOBIERNO QUE YA COMENZÓ
Por: Andrés Mejía-Vergnaud,
Director General
Fundación Desarrollo a través de la Libertad.
Una sensación muy común en el ambiente político colombiano, hoy día, es la de que el presidente de la nación es ya Álvaro Uribe Vélez. Esta es una sensación que existía incluso antes de las elecciones, aunque en menor grado. Tal vez fuese esa la causa del ligero declive en la favorabilidad que, hacia el hoy presidente electo, mostraron las encestas unas tres semanas antes de realzarse as votaciones. Él ya era visto como el presidente, y, como es normal, la opinión pública cobra el presidente las malas situaciones disminuyendo su favorabilidad.
Un hecho que evidentemente incentiva esta percepción es el aparente retiro de Pastrana de las labores de gobierno. Se le ve ya muy poco, y existe la sensación de que se ha desentendido del todo de sus responsabilidades. Sólo algunos de sus ministros muestran algo de actividad pública. Esto es muy grave, ya que el país está pendiente del desarrollo de ciertos procesos que no dan espera, ni siquiera la breve espera que significa dejarle todo al próximo gobierno (7 de Agosto). Piénsese sólo en el proyecto de regalías petroleras, de muy urgente aprobación, y del cuál depende que las multinacionales del ramo continúen en nuestro país. En cuanto a la Reforma Pensional, el proyecto presentado por este gobierno es tan malo, que un poco de incertidumbre mientras se presenta uno nuevo sería preferible. La actitud distante de Pastrana contrasta con la imagen que Álvaro Uribe ha logrado proyectar en sus primeros días como presidente electo, y que es la de un hombre sumamente laborioso, conocedor al detalle de la cifra de la mayoría de problemas del país. Esto de nuevo, es un contraste fuerte, con un presiente que parecía entender más de moda que de economía.
Examinaremos a continuación algunos de los hechos más relevantes con relación a la elección de Álvaro Uribe, y con sus primeras acciones como presidente electo.
SIGNIFICADO DE LA VICTORIA DE URIBE
La contundente victoria de Álvaro Uribe en las urnas no muestra, como algunos han querido sugerir, una “polarización del país”, ni un giro hacia posiciones “de extrema derecha”. No existe tal polarización, porque no hay otro polo. De haber una polarización, los cerca de cinco millones de ciudadanos que votaron por Álvaro Uribe habrían votado en contra de las posiciones de otro número similar de ciudadanos. Es claro que la gigantesca ventaja electoral de Uribe provino de su posición en cuanto a la recuperación de la seguridad ciudadana. Pero esto no debe, en ningún caso, ser estigmatizado como una posición de extrema derecha, ni siquiera como una posición autoritaria. Uno de los presupuestos de cualquier democracia es, precisamente, el ejercicio por parte de las instituciones de su autoridad legítima, con el fin de brindar a los ciudadanos la protección que sus vidas y bienes demandan. Esto no sólo es una función del Estado, es su razón de ser única y fundamental.
La elección de Álvaro Uribe fue una respuesta a lo que, desde todo punto de vista, es el mayor problema de Colombia: la inseguridad. Uribe entendió, correctamente, lo que los demás candidatos no parecieron entender: que el camino hacia el alivio de la pobreza pasa, primero que todo, por un mejoramiento de las condiciones de seguridad, y no al revés, como varios candidatos quisieron predicar. De no mejorar las condiciones de seguridad, Colombia no tiene posibilidad alguna de recuperar un ritmo adecuado de crecimiento económico, lo cual es una condición necesaria para la reducción de nuestro asfixiante desempleo.
LO QUE ESTÁ POR VENIR.
Ahora bien, a Uribe le esperan tiempos muy difíciles. Para sortear algunas de las dificultades por venir, Uribe deberá tener una habilidad muy especial: la de convertir su contundente votación en capital político, capital que deberá usar para enfrentarse al Congreso, a la guerrilla, a las ONG de izquierda, a los ya voraces columnistas del serpismo, etc. Nótese que todos los planes de gobierno de Álvaro Uribe implican, en mayor o meno medida, un enfrentamiento con un sector o grupo de poder: la reforma política lo enfrentará al Congreso y a la clase politiquera. La reducción del gasto público (vital e inaplazable) lo enfrentará con los sindicatos y, de nuevo, con la clase politiquera. La política de seguridad lo enfrentará con la guerrilla y sus organizaciones de apoyo jurídico y político, con un buen sector de la academia y la opinión, con algunas personas en algunos organismos internacionales y, por supuesto, con la clase politiquera. Debe Uribe, entonces, saber capitalizar este respaldo popular para enfrentar estas mil batallas que lo esperan.
LAS PRIMERAS ACCIONES DEL PRESIDENTE ELECTO.
La primera y más importante acción del presidente electo fue la designación del Ministro de Hacienda. Si bien se esperaba que este nombramiento recayera en alguno de sus asesores cercanos, como Jorge Humberto Botero, hay razones importantes para haber escogido a Roberto Junguito, sin dudar de las calidades de quienes habían sido considerados. La gravedad de la situación económica requiere de un ministro que sea él mismo un veterano de guerras económicas, y Junguito lo es con muchas medallas. Requiere, además, alguien con las capacidades y la experiencia para lidiar con los organismos financieros multilaterales, y en Colombia pocos gozan de dichas calidades con tanta excelencia como Junguito. Por otro lado, se necesitaba designar un ministro que diera a los mercados calma y esperanzas; para ellos, debía escogerse un veterano, sólido en sus conocimientos y ortodoxo en sus opiniones, creyente en la economía de mercado y conocedor de esta, capaz de hablarle al mundo y de actuar con serenidad ante las crisis. Y Junguito reúne todos estos atributos.
Los nombramientos que siguieron al de Junguito han sido mucho más polémicos. En especial, ha causado cierto revuelo el nombramiento de Fernando Londoño Hoyos como ministro, que llegó de la mano con el anuncio de que los ministerios del interior y justicia serían fusionados, al igual que los de trabajo y salud. La verdad es que la mayoría de observaciones que se han hecho al nombramiento de Londoño no merecen mayor consideración. De él se dice que es en extremo firme con sus ideas, y eso es antipático a una clase política acostumbrada a comerciar con la conciencia. Además, en la historia, varios hombres que han logrado transformaciones notables han sido víctimas de la misma crítica. Tómese el caso de Ronald Reagan, fuertemente atacado cuando abandonó el tradicional lenguaje diplomático hacia la Unión Soviética, y empezó a llamarla El imperio del mal. Los intelectuales se pusieron en su contra, y la historia se puso a su favor. Londoño deberá, sin embargo, tener en claro que su cartera exigirá mucha capacidad para el diálogo, lo cual no significa por supuesto renunciar a las ideas. Aunque muchas personas lo consideran inadecuado para liderar una reforma política, es posible que esa misma verticalidad que a veces muestra hagan de Londoño un líder adecuado para el combate que esta iniciativa verá.
En lo que se refiere a los demás ministerios, es aún un poco temprano para opinar. Luis Ernesto Mejía, designado como ministro de minas, ha dicho que está en contra de los subsidios a la gasolina. Es una buena idea, sobre todo desde la orilla de las finanzas publicas. La meta debería ser más ambiciosa, a saber, la liberalización de los precios del combustible. Juan Luis Londoño, conocido como un gran economista, enfrentará el urgente tema de la reforma pensional. Aunque no sabemos aún cuáles son sus posiciones al respecto, esperamos que enmiende los errores del proyecto presentado por este gobierno, y que avance en la única dirección que puede asegurar estabilidad a la seguridad social en Colombia: eliminación de los regímenes especiales, y expansión progresiva del sistema de ahorro individual. Ojalá recoja la iniciativa de establecer un límite constitucional a los regímenes especiales.
En cuanto al asunto del orden público, el primer fenómeno observado en relación con la elección de Álvaro Uribe ha sido una radicalización en la posición de las Farc. Esta radicalización se expresa en su demanda de que sean despejados dos departamentos para iniciar nuevos diálogos. La segunda es la evidente intención del grupo guerrillero de absorber al Eln, grupo guerrillero actualmente muy debilitado. En cuanto al nuevo pedido de despeje, hay algo que resulta confuso para muchos: dado el muy alto desprestigio que la figura del despeje tuvo en los últimos años, no es una insensatez pedir ahora un despeje cinco veces mayor? La lógica de las Farc se dirige a mostrar que no han sido derrotados ni debilitados, y que como consecuencia de ello sus condiciones para negociar serán más duras. En el mediano plazo, esto puede resultar costoso para las Farc, dado el creciente desprestigio global que han acumulado, y la evidente determinación de la mayoría de los colombianos de respaldar una política de autoridad y mano firme. El intento de absorción del Eln puede responder a una determinación estratégica: la de ampliar significativamente la capacidad de combate y terrorismo de las Farc, de cara a la guerra sin duda más dura que tendrán que luchar ahora. Los líderes del Eln cometen un gran error histórico al permitir esto, incluso desde la perspectiva de su propia organización. Una vez sean absorbidos por las Farc, pasarán a un segundo plano, en una guerrilla que se gobierna por unos mandos bien establecidos y sin escrúpulos para mantener su poder.
Por otro lado, aun está por verse el desarrollo que tendrá la propuesta de Álvaro Uribe de realizar una negociación con los Naciones Unidas como mediador. Si las FARC insisten en sus estrambóticas propuestas, esto no será posible.
Pasada la elección, mucho se ha hablado sobre el futuro liderazgo del partido liberal. Esta es una discusión estéril,. Ya que el partido liberal no existe como partido. De hecho, en Colombia no existe ningún partido político. Un partido es una organización que busca llegar al poder para avanzar en la implementación de un programa y unas ideas que definen al partido. No existe en Colombia una sola agrupación significativa que se ajuste a este concepto. El Partido Liberal es una colección de empresas electorales regionales, sin capacidad alguna de mostrarse ante la opinión como una colectividad que marcha en pos de una idea. La incorporación a la Internacional Socialista fe un giro forzado y erróneo que no ha rendido frutos. Y si bien las empresas electorales que lo conforman son exitosas individualmente (éxito que tiende a decrecer), el partido no ha logrado serlo. Prueba de esto es su incapacidad de elegir un presidente. Por esto, la discusión sobre las llaves del Partido Liberal, estéril y asignificativa, no debería distraer al presidente electo de las importantes tareas que le aguardan.