Keynes y el Chavismo
Por Fernando Salas Falcón
Trato hoy de una información que, en su momento, reseñó la prensa. Nuestro economista supremo le habría expresado al nuevo presidente argentino que el proyecto que éste anunció para su país era “igualitico” al que él, Chávez, desarrollaba aquí: rancio keynesianismo.
Y de nuevo estoy en el brete de comparar intelectos, ideas y acciones abismalmente diferentes. John Maynard Keynes fue un economista de muy alto vuelo. Su intento de explicar y remediar las crisis cambió sustancialmente la historia económica del mundo a partir de mediados del Siglo XX. Aunque notablemente equivocado, su esfuerzo intelectual le vale el sitial que ocupa en el panteón de los economistas insignes. Y, por lo demás, no todos sus planteamientos fueron sinrazones. Hay aspectos respetables y hasta rescatables en los análisis y conclusiones de su Teoría General y de sus otros escritos.
El pretender equipararse a Keynes es muestra de la temeridad intelectual de nuestro cuasi analfabeto presidente. Y viene al caso una anécdota. Hace algún tiempo, un hermano, empeñado en una compleja investigación científica en el difunto Intevep, me hablo de su preocupación ante las carencias del recurso humano disponible para la tarea. “Apenas cuento con 3 personas y mi asistente directo, que debería ser mi mano derecha, no sólo es bruto, sino que es un bruto con iniciativa, que son los más peligrosos”. Mutatis mutandi, pienso que más peligrosos aún son los ignorantes con iniciativa, sobre todo si además adolecen de una no fundamentada e incontinente audacia.
Sostener que es keynesianismo la burda mezcolanza de la política económica del régimen, es hacer alarde de ignorancia pretenciosa. La doctrina del inglés no merece esa equiparación, aún considerando sus muchas deficiencias. Porque lo que tenemos aquí es algo aún peor. De Keynes, lo que han tomado los chavistas es el desenfreno y el despilfarro en el gasto fiscal, obviando que el propio inglés circunscribió su receta a un corto lapso de apenas 6-9 meses, so pena de inflación. Y lo han aderezado con múltiples ingredientes de estatismo, autoritarismo, comunismo, socialismo, populismo, tercermundismo y tercerviísmo. De lo peorcito en política y economía.
En Venezuela, como lo han hecho muchos gobiernos en el mundo no desarrollado, Chávez y su falso bolivarianismo aprovechan algo de Keynes, pero mucho más de quién sabe cuantas otras erróneas tesis. Todo para incrementar la ingerencia del estado y del gobierno en la economía y en la vida de la gente. El resultado: desinversión, recesión, inflación, desempleo, pobreza generalizada y hambre.
Keynes se ocupó de las depresiones económicas cíclicas en países altamente desarrollados y no en economías cogeculebras. Como dije, formuló su fiscalista tesis anticíclica para períodos muy breves y no para aplicarla por años. Y aclaró que la supuesta pronta vuelta a la normalidad restablece los postulados de mercado del análisis neoclásico (neoliberal). De estarse haciendo aquí keynesianismo ortodoxo, ya sería por definición algo pernicioso. Pero resulta simplemente perversa la mezcla con el batiburrillo ideológico chavista que conocemos (o, propiamente dicho, que ni siquiera los chavistas conocen).
La teoría económica de John Maynard Keynes resulta un esfuerzo de síntesis (iniciado por el sueco Knut Wicksell) de la economías marginalistas monetarista y no monetarista.
Estas son las corrientes neoliberales (o neoclásicas) básicas y el keynesianismo viene a ser, en última instancia, una tercera variante del pensamiento neoliberal, aunque el inglés negó hasta tal afinidad. He aquí una primera y sustancial contradicción con la idea y la práctica económicas del chavismo, que se torna histérico ante la sola mención del neoliberalismo “salvaje”.
Como elemento fundamental de su teoría, Keynes encontró que con el efecto multiplicado del aumento de la inversión se elevan la renta (el PIB, se dice hoy) y el empleo. Y que la inversión –y, por ende, el crecimiento de la economía- depende de dos influencis sicológicas vitales: el deseo de activos líquidos (preferencia por la liquidez o tendencia al atesoramiento) y la tasa de beneficio esperada por los inversionistas. Este segundo determinante es el más inestable, porque está altamente influenciado por el nivel de confianza empresarial. Aquí, lo que Chávez y su batiburrillo han sembrado es desconfianza, con el corolario de la inhibición de la inversión doméstica y foránea. Esto es el más ramplón anti-keynesianismo.
La preferencia por la liquidez, por otra parte, depende de la tasa de interés. Si se intenta bajarla (para estimular la inversión) se desestimula el ahorro, lo cual es contradictorio (se supone que el ahorro se canaliza hacia la inversión). Keynes, en principio, propuso la acción del estado, vía bancos centrales, para disminuir artificial y compulsivamente las tasas de interés. Pero terminó reconociendo la nula probabilidad de éxito de tal acción y dejó de recomendarla. Aceptó que el peso del interés en la determinación del nivel de inversión no es lo más importante. El keynesianismo de Chávez (si es que existe) ignora esta esencial conclusión y, aunque el muchacho a veces le resulta respondón, presiona a su BCV para que baje las tasas.
En fin, siempre según Keynes, el remedio está en que el estado incremente la corriente de la renta por medio del gasto público. Pero el lord inglés dejó muy claro –y esto es lo importante- que todo el esquema descansa en el supuesto de que el gasto público produzca un aumento del gasto total de consumo e inversión (la demanda agregada). Porque si el estado invierte recursos que, por su parte, el sector privado deja de invertir (por desconfianza o por acoso tributario), no pasa nada. Aunque aquí sí ha pasado algo: como el gasto público es desenfrenado, incontrolado e ineficiente, cada día, desde hace cuatro años, la situación económica y social empeora. ¿Recetario keynesiano? En su tumba Keynes debe estar furioso de que lo usen como “pagapeos”.
Lo que, haciendo gala de su ignorancia, olvida la economía seudo-keynesiana de Chávez, es que si la expansión del gasto público ocurre junto con políticas de persecución y desánimo a la inversión privada (p.e., atropellos al derecho de propiedad), sus efectos simplemente se anulan. Y que, en nuestro país, no hay ahorro “atesorado” que no se canaliza hacia la inversión. No hay crecimiento y empleo, pero tampoco existe ahorro. Ese es, precisamente, uno de los muchos problemas que Chávez es incapaz de resolver.
Fuente: CEDICE
|