Una guerra triste pero necesaria
Por Andres Mejia-Vergnaud
Hace más de cincuenta años, en la entonces débil y empobrecida Alemania surgía un dictador que sería recordado luego como la más negra pesadilla de la humanidad moderna. En un principio, este hombre y su régimen no eran muy poderosos, y de ninguna forma constituían una amenaza militar para las grandes potencias de entonces. Sin embargo, y a pesar de su debilidad inicial, este dictador había ya hecho públicas sus intenciones de dominación territorial y genocidio étnico. En ese momento, las potencias occidentales actuaron de forma débil, y creyeron que si cedían un poco ante aquel travieso hombre, lo enviarían a la cama tranquilo y podría el mundo entero dormir bien. Por supuesto, estaban equivocados. Tan pronto ese dictador se dio cuenta de que las potencias occidentales no tenían la resolución necesaria para detenerlo, inició un feroz programa de rearme, que luego le sirvió para lanzar sus ejércitos por Europa y África, oprimir decenas de naciones e iniciar el exterminio de todo un pueblo. No existe ninguna razón, óigase bien, para pensar que lo mismo no puede ocurrir con el tirano cuyo país os objeto de la atención mundial hoy: Saddam Hussein.
Saddam Hussein es uno de los peores dictadores de la historia, y todo aquel que haya tenido trato con él (incluido por supuesto el presidente Chirac) debería avergonzarse de haber estrechado su mano, la cual es responsable del genocidio de cientos de miles de personas. Saddam Hussein llegó al poder en las turbulentas épocas del nacionalismo árabe, en momentos en que el panarabismo, la identidad y la destrucción de Israel eran bandera de líderes como Nasser y Assad. Tras haber conquistado el poder en su país, Saddam comenzó a gobernar con puño de hierro y así lo ha hecho hasta ahora. En Irak sólo existe un partido político, y ese partido es comandado por Saddam, quien simplemente ejecuta a cualquier persona que se aparte aunque sea un poco de su línea. De hecho, Saddam ha asesinado a miles de opositores políticos, y sólo así ha podido conservar el régimen mafioso que hoy comanda con sus hijos, y que les permiote disfrutar de jugosas riquezas y tener 25 palacios mientras su pueblo se muere de hambre. La mayor víctima de esto ha sido el pueblo iraquí. Este ha debido soportar hambre y privaciones, ya que Saddam da prioridad a sus planes bélicos sobre el bienestar de su pueblo. Este pueblo ha sufrido también de una asfixiante falta de libertad. Son muy ingenuos aquellos que apuntan a las demostraciones populares de apoyo a Saddam como argumento en contra de la guerra: en Irak, sólo espera un destino a quien no apoye a Saddam, y ese es la muerte.
Como si esto fuera poco, Saddam ha sido el más constante generador de inestabilidad en su región. Recuérdese la larga y penosa guerra que inició cuando trató de apoderarse de las reservas de petróleo de Irán en el Golfo Pérsico. En ese entonces, Saddam usó armas químicas contra los iraníes. Igualmente, Saddam ha ejercido una brutal represión contra la empobrecida minoría étnica de kurdos que habitan en el norte de su país. Contra ellos, civiles, mujeres, niños, ha usado también armas químicas. Y está por supuesto la invasión a Kuwait en 1990, la cual desató la primera guerra del golfo en 1991.
Ahora bien, muchos han condenado a la coalición aliada por proceder sin la venia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Pero esto, más allá de ser un motivo justo de reproche contra los aliados, debería abrirnos los ojos hacia una realidad que no podemos eludir: las Naciones Unidas, y en especial su Consejo de Seguridad, no están cumpliendo a cabalidad las funciones para las cuales fueron creados. Cuando un personaje como Saddam Hussein es capaz de jugar ardides diplomáticos para poder seguir con su despreciable régimen, valiéndose de artificios legales en un Consejo de Seguridad dividido, claramente estamos en frente de una institución inoperante. Si a esto se suma el triste espectáculo de los inspectores de armas, siendo constantemente engañados y teniendo que suplicar más cooperación cada semana, el panorama luce aún peor.
La actitud de países como Francia y Rusia, que han querido hacer creer al mundo que su oposición contra la guerra obedece a motivos de conciencia, es también inexcusable. En primer lugar, porque lo que ambos países no le han contado al mundo es que tienen gigantescos intereses económicos en Irak, y en segundo lugar, porque su más importante motivación geopolítica es la de establecer un bloque de poder alterno a Estados Unidos. Es decir, ellos prefieren mantener en el poder a un dictador genocida, sólo para resguardar su dinero y su poder. Es más, si alguien es responsable de que esta guerra se haya iniciado por fuera de los lineamientos de la ONU, es Francia, quien anunció que vetaría CUALQUIER resolución que saliera del consejo en oposición a sus tesis. Es decir, anuló toda posibilidad de mayor debate en este organismo.
Ahora bien, el mundo tiene que ser consciente de la cada vez mayor importancia de volver los ojos al medio oriente. Si esta región sigue por el camino que hoy transita, se convertirá en unos años en la más peligrosa amenaza a la estabilidad mundial. Quienes hemos seguido con atención durante décadas la política en esta región, hemos observado un deterioro cada vez mayor de sus instituciones y su estabilidad, con una tendencia a aumentar y a desencadenar graves peligros. La raíz de los problemas del medio oriente se halla en sus instituciones políticas obsoletas. Estas instituciones producen a su vez un detrimento constante en la calidad de vida material de sus habitantes. Y cuando esto se profundiza, cuando no existen oportunidades para los jóvenes, cuando las posibilidades de progresar son nulas, la desesperanza hace volver los ojos hacia doctrinas como el fundamentalismo y el apego a dictadores mesiánicos.
En un importante estudio realizado por las Naciones Unidas, y que fue ampliamente difundido por la revista THE ECONOMIST (“Autocondenados al fracaso), varios estudiosos de la región mostraban como la ausencia de libertad y democracia, combinada con la exclusión de la mujer del capital humano, estaban precipitando a estos países hacia un abismo, en el fondo del cual se halan el fundamentalismo, el terrorismo y la guerra. Como dijera recientemente en su columna del New York Times Thomas Friedman, el experto en el medio oriente, autor de “De Beirut a Jerusalén”, el derrocamiento de Saddam y el establecimiento de un régimen más progresista en el rico Irak son la mejor política para evitar, en el largo plazo, el surgimiento de terroristas como Osama bin Laden.
Y es cierto que en esta guerra habrá víctimas civiles. Pero como bien dijo Tony Blair ante la Cámara de los Comunes, esta víctimas nunca serán tantas como las que el mismo régimen de Bagdad produce diariamente.
Finalmente, una nota para aquellos que creen que la guerra es un medio de apoderarse del petróleo de Irak. Al derrocarse Saddam y abrirse toda la producción iraquí el mercado mundial, el precio global del petróleo y los combustibles bajará. Las grandes petroleras no serían, por lo tanto, beneficiadas con esta guerra.
Fuente: Inteligencia Economica
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