Gane quien gane....
por Jose Cantero *
Una maestra, un militar y un obispo disputan la Presidencia de la República del Paraguay. Nunca antes en la historia de Latinoamérica las tres profesiones arraigadas a la cultura regional han competido voto a voto por el cetro del Ejecutivo. Las elecciones se presentan cargadas de peculiaridades pero con suficiente capacidad de marcar un antes y un después en la jadeante transición de la democracia paraguaya.
Resulta llamativo que solamente uno de los aspirantes a la Presidencia proviene de unas elecciones internas. El Tribunal Electoral Partidario (TEP) proclamó vencedora de las internas de la Asociación Nacional Republicana, conocida como Partido Colorado, a la candidata oficialista Blanca Ovelar. El ejercicio democrático, en vez de fortalecerla la debilitó políticamente respecto a sus contrincantes.
El estrecho margen de su victoria, las contrariedades del TEP y las acusaciones de fraude electoral por parte del movimiento contrincante Vanguardia Colorada, liderado por el candidato y ex Vicepresidente de la República Luis Castiglioni, ha desgastado la candidatura oficialista.
Fernando Lugo, conocido como el “obispo de los pobres” se presenta en el epicentro de un mosaico de partidos y de diversos movimientos. Por primera vez un obispo es candidato a Presidente. Y, por primera vez el partido liberal se sienta en una misma mesa para determinar puntos de convergencia, así como cupos de poder, con el otro extremo del ala política.
El General en Situación de Retiro Lino Oviedo, quien es candidato por el partido UNACE, es también poseedor de la tercera parte de la torta electoral. Dentro de los partidos no tradicionales, UNACE es el único que ha podido mantener una hegemonía electoral a lo largo de los últimos años. Los demás partidos no tradicionales siempre surgieron con vigor pero sucumbieron sofocados ante la maquinaria electoral de los partidos tradicionales.
Este último es el caso del Partido Patria Querida, que bajo el liderazgo del empresario Pedro Fadúl proyecta la imagen de un equipo sano como arma para no perder espacio político.
El giro ideológico también ha sido notable. A mediados del año anterior Nicanor Duarte Frutos ratificaba la posición socialista del Partido Colorado al momento de afianzar lazos afectivos con Chávez y Morales. La estrategia era sumamente obvia; el Partido Colorado pretendía que Lugo no se apoderase de la bandera socialista para así apelar al campesinado.
Blanca, por su parte, no se subió al caballo ideológico preparado por Nicanor. Su discurso ha estado marcadamente distanciado de la arenga tradicional del partido colorado. Ni mención hace del capital salvaje que asfixia a las naciones pobres, entrando como un “zorro en el gallinero”. No ataca al “neoliberalismo”, como lo hacia Argaña y como lo sigue haciendo su heredero ideológico Nicanor.
El discurso de Blanca es innovador. Ella se centra en el fortalecimiento del capital social. A esta nueva postura, que probablemente la recogió de sus encuentros con el economista y escritor Bernando Kliksberg, le adhiere la necesidad de que las empresas ganen competitividad en un marco de estabilidad macroeconómica. Es una fusión de pensamientos que no deja de ser interesante.
En tanto, el “obispo de los pobres”, pese a sus esfuerzos, sigue siendo una incógnita para el empresariado, quien lo ve como una extensión del modelo “Chavista” en el Paraguay. La desconfianza empresarial hizo que Lugo sintiera el peso de cargar la bandera socialista. Además, sus acompañantes liberales ven que el rojo de la bandera es demasiado chillón para cobijarse bajo ella.
Lugo tuvo que renovar su discurso, dando pasos progresivos desde la izquierda hacia la derecha, enfatizando que no realizará expropiaciones, nacionalizaciones, restricciones de mercados y demás males de las fórmulas que propugnan los movimientos socialistas y marxistas que lo apoyan.
Ya nadie se quiere hacer poseedor de la bandera socialista. Progresivamente tanto Blanca como Lugo fueron matizando sus discursos convergiendo hacia el centro, y al hacerlo, saturaron en parte el espacio que más marcadamente venían ocupando Oviedo y Fadúl.
La sutil convergencia hacia el centro ha llevado a los aspirantes al sillón de los López a proponer muchos temas económicos en común. Ninguno habla de incrementar los impuestos, todos proponen la reducción de la corrupción. Ninguno habla de expropiación, todos hablan de políticas agrarias y respeto a la propiedad. Ninguno habla como líder mesiánico, todos hablan de la coparticipación ciudadana para las tomas de decisiones. Ninguno habla improvisadamente, todos hablan de un plan de gobierno para los primeros 100 días.
Gane quien gane será una nueva historia; o caerá el partido colorado o tendremos una mujer como presidente. Gane quien gane tendremos una nueva dinámica en el gabinete; o la fórmula de Bachelet de buscar la equidad de género en la toma de decisiones o en cambio tendremos un gabinete no colorado. Gane quien gane tendremos un parlamento fragmentado. Gane quien gane, se requerirá de un mayor ejercicio democrático donde la sociedad civil deberá ocupar un espacio cada vez más crítico para lograr consensos claves que posibiliten para a nuestra país a alcanzar la prosperidad.
En el próximo gobierno cumpliremos dos siglos de independencia. Gane quien gane, ya sea la bota, el rosario o la regla, dependerá de todos nosotros para que la estrella que flamea en nuestra bandera adquiera nuevos brillos o se torne cada vez más pesada para cargarla.
* Jose Cantero es director de la Fundación Primero Paraguay
Fuente: La Nacion
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