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by Manuel F. Ayau CordonManuel F. Ayau Cordon


 





China ya no es lo que fue

por Charles Philbrook *

Poco a poco la noticia va dando la vuelta al mundo. En un comienzo, cuando era obvio que había empezado a perder aire, el hecho era la comidilla en el mundo bursátil de traders, brokers, dealers y grandes inversionistas. Pero la dimensión del colapso por fin llega a oídos de la prensa, y ahora ya es noticia: la burbuja especulativa en la bolsa de valores de Shanghai, en China, acabó por reventar. Desde su punto máximo, alcanzado en octubre del año pasado, ya pierde casi 50% de su valor. En la historia de los mercados financieros globales son contadas las veces en las que un ascenso tan rápido acaba, en tan poco tiempo, tan mal.

Wu Kan, un gerente de inversiones de Dazhong Insurance Co., en Shanghai, observa que “la gente ha entrado en pánico y está desesperada por vender”. La razón de la abrupta caída, como hace notar un informe de Bloomberg, es la preocupación que hay en los mercados por el alza en el nivel de precios —9% en relación a marzo del 2007— y el temor a que esto afecte negativamente a las utilidades corporativas [“China’s stocks fall to nine-month low”, 1/abril/2008].

Pero el alza en los precios es un síntoma de la enfermedad, un indicio de que algo va mal. Entender lo que está pasando en el mercado de valores chino y, por extensión, en el resto de la economía, parte por estar al corriente de que las políticas monetaria y pública, que sirvieron de base a los grandes cambios estructurales, están siendo desmontadas por la necesidad de las circunstancias, de los tiempos.

Sobre la política monetaria —que desde hace meses busca disociar el frenesí en los mercados de capital de aquél en la economía real—, todo parece indicar que alcanzó su objetivo de extraer el componente aeriforme en el mercado de valores, y va camino a hacer lo mismo con el sector inmobiliario. (Pregunta: al ser el banco central chino el padre de estas burbujas, ¿podría etiquetarse esta política como… filicida?). El año pasado, los precios de las viviendas en las 70 ciudades más grandes de China aumentaron en 8% (en Pekín, 12%, y en Shenzen, cerca de Hong Kong, en 20%). Eso fue el año pasado. En el primer trimestre del presente año, en cambio, los precios se han estabilizado, y, en algunas ciudades, empezado a caer. El mejor indicador de que el motor de la economía habría comenzado a bajar sus revoluciones por minuto lo da el gasto en capital, o la inversión urbana en activos fijos. Descontada la inflación, crece a una tasa anual de 18% —y el año pasado, por esta misma época, lo hacía en 24%—. [“Cooling steps, U.S. slump weigh on China growth”, Wall Street Journal, 2/abril/2008]

Y a la política monetaria súmenle las nuevas regulaciones en materia tributaria y laboral. El año pasado, Pekín eliminó una serie de beneficios tributarios que abarataban (artificialmente) el precio de compra de unos 2,000 insumos usados en la producción de bienes destinados a la exportación. Eliminado el beneficio, los costos de producción en algunas empresas del sector manufactura han subido hasta en un 15%. Asimismo, una nueva legislación laboral, que entra en efecto este año, exige a las empresas que otorguen a sus empleados una serie de beneficios, como pensiones, contratos colectivos de trabajo y estabilidad laboral de largo plazo. En algunas industrias, esto podría elevar el gasto operativo hasta en un 40%.

Este nuevo escenario, inflacionario y sobrecargado de nuevas regulaciones, lleva a Ronald Haddock, vicepresidente de la consultora Booz Allen Hamilton, a afirmar que “China ya no es lo que fue”. [China’s factory blues”, BusinessWeek, 27/marzo/2008]

En un reciente estudio de la American Chamber of Commerce, en Shanghai, en el cual se entrevistó a un grupo numeroso y representativo de altos ejecutivos de multinacionales en China, un 50% respondió que ésta viene perdiendo su competitividad frente a países como India y Vietnam. Y peor aún: un 20% de estas corporaciones está considerando irse. Esto es precisamente lo que una buena cantidad de empresarios sur-coreanos ya empezó a hacer: aducen que el aumento en los costos de producción, entre ellos el aumento salarial, reduce a cero la rentabilidad empresarial. En una provincia, Qingdao, por citar un ejemplo, en los últimos tres años el salario mínimo aumentó en 43%.

Así pues, todo indica que el carguero de esta economía ha pasado de tener viento a favor a tener viento de proa. Más de $600,000 millones en inversión extranjera directa (IED) —equivalente a unos cinco planes Marshall, en valor presente— han llegado a este país desde 1978, año en el cual se materializaron las reformas de apertura económica. Hasta antes de que estalle la gran crisis financiera del 2007, un 8% de la IED global anclaba en China y Hong Kong. ¡Buenos vientos, en verdad! Pero eso era antes de la crisis: con ésta, todas las variables eólicas que jugaban a favor pueden, o ir en contra y hacer que la embarcación tome un rumbo no trazado, o simplemente detenerla.

Detenerse, sin embargo, no es una opción, ya que pondría al descubierto los gravísimos ‘desequilibrios’ financieros y de producción a los que ha llevado la planificación central de la economía. En efecto, en China la asignación de recursos se da a través del gobierno, y no del mercado. Una interminable lista de subsidios, créditos a la exportación, beneficios tributarios y favores políticos ha llevado a que en varios sectores de la industria existan demasiadas fábricas con capacidad de producir mucho más de lo que pueden vender —en el sector textil, de cementos, del acero, de televisores y automotriz, por citar algunos de tantos otros—. Esto, como es de suponer, se traduce en una insaciable demanda por commodities, lo cual repercute en el precio de éstas. Pongamos lo dicho en perspectiva: el tamaño de esta economía, en relación a la global, es de 10% si utilizamos la paridad del poder de compra como referente (PPP, por sus siglas en inglés), o de 5% si la medimos de acuerdo al tipo de cambio. Pero su consumo de commodities, como es de esperar, escapa a toda proporción: en los últimos cuatro años, éste ha representado un 30% de la demanda acumulada mundial de crudo de petróleo, 65% de la de cobre, 70% de la de aluminio y 80% de la de zinc. (Santo Buda, ¿están construyendo un mundo paralelo con tanto commodity industrial?)

Hasta ahora, el boom global —de naturaleza monetaria— ha conseguido camuflar estos desbarajustes sistémicos que se pueden resumir así: China produce más de lo consume y exporta ese diferencial; otros países, consumen más de lo que producen y Pekín financia el diferencial. Ahora que Estados Unidos está en recesión, y la Unión Europea acelera el paso hacia una, el juego se acaba, ya que más de un 50% de estas exportaciones llevan por destino uno y otro lado del Atlántico. Con estas dos regiones fuera de la ecuación, el comercio global del dragón asiático, el año pasado, hubiera pasado de un superávit de $100,000 millones a un déficit de $230,000 millones. A tanto llega esta artificial relación triangular, que en un reciente estudio del Fondo Monetario Internacional se calcula que una caída de sólo un 1% en la demanda externa, proveniente de estas dos regiones, llevaría a que las exportaciones chinas se reduzcan en 4.5% y el PBI en 0.75% —si esta caída llegara al 10%, las exportaciones y el PBI se desplomarían en 45% y 7.5%, respectivamente—. [“America faces day of reckoning with debt”, The Telegraph (Londres), 10/diciembre/2007]

Pues bien, ¿qué puede pasar con Estados Unidos, Europa y, por extensión, el mundo? Nada bueno, desde el momento que el Fondo Monetario Internacional entra en pánico literario y describe a esta gran crisis financiera como “la peor desde la Gran Depresión”, y calcula en un 25% la probabilidad de una recesión global (quien sepa cómo opera internamente el departamento analítico de esta institución, sabrá que hay que multiplicar por “tres” esta probabilidad).

Thomas Sowell, el brillante columnista del Washington Post, alguna vez afirmó que “la primera lección en economía consiste en que las personas responden a los incentivos”. Es decir: pueden producir más en menos tiempo, consumir más y ahorrar menos, o trabajar menos y consumir menos. “Y la primera gran lección en política —terminaba diciendo— consiste en ignorar la primera lección en economía”. China y el mundo están cosechando lo que sembraron: los efectos de la primera lección en política, también conocida como “la revancha de Adam Smith”.

Si China ya dejó de ser lo que alguna vez llegó a ser, queda por verse; sólo el tiempo lo dirá. Pero si todo lo que fue o sigue siendo, si todo ese gran ‘milagro’ económico estuvo basado en una nada milagrosa burbuja monetaria, lo que nos queda por ver no es nada esplendoroso, y lo que esto implica tendrá reverberaciones globales. Que la bolsa de Shanghai se desplome —desafiando y adelantándose a las olimpiadas— y que el mercado inmobiliario detenga su ascenso, no hacen presagiar un final feliz.

* Director de Estudios Económicos, Datum Internacional, S.A.


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