Los afortunados delatorredianos
por Karen Cancinos
La primera vez que me habló fue para castigarme con justa razón. Me preguntó el motivo por el que no había asistido a clases la semana anterior: le respondí que estaba preparando exámenes de otro curso. Me dijo entonces que uno no faltaba a una clase para estudiar otra, y me hizo ir a la universidad un sábado a las 7 de la madrugada o algo así.
Viendo en retrospectiva, no puedo sino lamentar la estrechez de miras que evidencié al faltar a una que otra clase de Armando de la Torre. Hoy, llena de compromisos y tareas, no puedo sentarme en el aula que preside. Me encantaría hacerlo, armada con un balde imaginario para recoger las perlas intelectuales que salen de la boca de este hombre al que tanto le debo. ¡Cómo me gustaría tener una fotografía de su cara con su expresión adusta pero tierna, cuando sus alumnos prorrumpimos en aplausos espontáneamente al final del curso de Praxeología, a falta de otro recurso mejor para expresar nuestro agradecimiento! ¡Cómo me gustaría tener guardado en una cajita, y sacarlo de allí cuando lo necesitase, aquel momento en que lloré en una de sus clases del curso “Desorganización social”, conmovida por su compasión y su sabiduría!
De la Torre, literalmente, me sacudió la modorra mental y, más importante aún, hizo que confiara en mi capacidad, en mi juicio, en mis proyectos, después de vivir bombardeada por mensajes que ensalzaban el conformismo, la mediocridad o la amargura. Esa deuda es impagable. La única manera en que podré retribuir a este maestro lo que hizo por mí será hacerle honor a esa impronta delatorrediana que un par de personas me han hecho el elogio de decir que llevo.
El pasado 9 de julio estuve de fiesta de cumpleaños. No el mío, sino el de mi querido mentor. Él estaba en Rusia, pero yo junté a mis amigos y les dije que el motivo de la reunión sería celebrar el gozo de vivir. Algunos fueron alumnos suyos también. Afortunados nosotros: no todos corren con la suerte de encontrarse temprano en la vida alguien que le enseñe a uno cosas tan fundamentales como que se puede tener integridad y coherencia sin gazmoñería, sabiduría sin gravedad de pose, y dulzura sin debilidad. Por eso, y por haber guardado sus mejores años para nosotros, doctor, gracias.
Fuente: Siglo XXI
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