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K y su armada Brancaleone

por James Neilson

El PJ es, desde hace muchos años, un aglomerado de facciones pendencieras que sólo tienen en común el placer que les da corear raudamente aquel grotesco himno de inspiración fascista, reiterando perlas como: “¡Perón, Perón, qué grande sos! / ¡Mi general, cuanto valés! / ¡Perón, Perón, gran conductor, sos el primer trabajador!”. Es por naturaleza inmanejable, pero Néstor Kirchner se cree más que capaz de transformarlo en lo que llamaría un partido normal. ¿Y por qué no? Es el gran aglutinante, el que según los compañeros sintetiza en su persona el pensamiento peronista, algo que a juicio de los fieles resume la sabiduría humana, pero para los demás es a lo sumo un compendio de consejos entre astutos y cínicos. De todos modos, si Kirchner tomó el clima empalagoso de consenso que caracterizaba el congreso partidario que se celebró una semana atrás en Parque Norte por evidencia de que le será fácil convertir el PJ en un vehículo político equiparable con el PSOE ibérico, se equivocó.

Los asistentes, una mezcla abigarrada de caciques provincianos, barones municipales bonaerenses, sindicalistas de armas llevar, militantes kirchneristas y, para amenizar el espectáculo, un puñado de cacicas, se reunieron sólo para dejar constancia de su lealtad hacia el gran recaudador de votos y dinero de turno, no para discutir detalles organizativos engorrosos y mucho menos para perder el tiempo hablando de temas ideológicos arcanos.

Puesto que con escasas excepciones –los hermanos Menem, los hermanos Rodríguez Saá y sus seguidores– los peronistas coinciden en que Kirchner es el indicado para encabezar el movimiento de sus amores, nadie duda que, una vez completados los trámites que por algún motivo es necesario respetar, será ungido como presidente del PJ. Si se tratara de un partido “normal”, para los próximos años el primer caballero tendría asegurado un cargo político clave, uno que le permitiría desempeñar un papel protagónico aun cuando el electorado optara por obligar a los peronistas a pasar una temporada en el llano. Pero por ingeniosas que sean las reformas administrativas que Kirchner impulse, el PJ nunca será el partido disciplinado y relativamente homogéneo de sus sueños. Seguirá siendo la máscara institucional improvisada de un movimiento que tiene la costumbre de abandonar a su suerte a quienes no consiguen garantizarle una dosis constante de poder. Mientras Kirchner siga siendo el político más popular del país, no tendra por qué preocuparse; de bajar sus índices de aprobación y con ellos su capacidad para cosechar votos, las grietas no tardarían en aparecer con el resultado de que el PJ revertiría a su estado caótico habitual. En tal caso, Kirchner compartiría el destino melancólico de Carlos Menem, el otro líder por aclamación que el peronismo tuvo después de la muerte del general.

Kirchner es un experto consumado en el arte de destruir partidos. Lo hace cooptando, como se dice, a sus cuadros más promisorios, ofreciéndoles sinecuras costeadas por los contribuyentes y seduciendo –o intimidando– a gobernadores provinciales de signo partidario ajeno para que se sumen a su movimiento personal. Luego de darse cuenta de que no le sería dado emular al general creando, la “transversalidad” mediante, una estructura política propia basada en sus preferencias y prejuicios particulares, ha tenido que resignarse a depender de los peronistas a quienes a buen seguro desprecia por entender que, como él y su esposa, son oportunistas dispuestos a modificar sus puntos de vista según cambian las circunstancias. A su manera, casi todos son marxistas: “Tengo mis principios –aseveró Groucho con la solemnidad apropiada–, pero si no les gustan tengo otros”.

Para reconstruir el PJ, Kirchner está empleando los mismos métodos que le sirvieron para eviscerar a la Unión Cívica Radical y mutilar al ARI. Como dueño absoluto de una caja atiborrada de plata –acaso el mérito más notable del “modelo productivo” que le legó Eduardo Duhalde y la única razón por la que lo quiere tanto consiste en que le supone un torrente de dinero que, como el amigo Hugo Chávez con sus petrodólares, puede gastar a discreción–, Kirchner está en condiciones de alquilar la lealtad de una proporción llamativa de quienes viven de la política. Puede que en otras latitudes el grueso de los políticos profesionales tome en serio pormenores como el perfil ideológico de los partidos, pero aquí décadas de confusión, conflictos mortíferos y fracasos contundentes han convencido a la mayoría de que nada es permanente en este mundo y que por lo tanto es preciso reinventarse con cierta frecuencia. El resultado es que abundan los “dirigentes” que a través de los años han sido izquierdistas, liberales, neoliberales y que, por ahora, son kirchneristas fervorosos.

Para hacerles la vida más fácil a los conversos seriales que quisieran creerse dechados de coherencia, los Kirchner, que también han experimentado varias mutaciones en el transcurso de su carrera, han adoptado una técnica que en su momento perfeccionó el contradictoriamente denominado Partido Revolucionario Institucional mexicano: con habilidad, el PRI hacía gala de una retórica progresista y tercermundista mientras gobernaba de forma decididamente conservadora. En efecto, desde instalarse en la Casa Rosada, Kirchner se ha opuesto con tesón a los cambios “estructurales” de cualquier tipo, justificando su actitud con alusiones a su resistencia a permitirse presionar y apretar por neoliberales locales y sus infames congéneres foráneos.

Los frutos de tanta terquedad están a la vista: un rebrote inflacionario alarmante, una crisis energética que pudo haberse evitado, y una extraña guerra contra las exportaciones que, de prolongarse, privaría a la Argentina de la posibilidad de aprovechar plenamente una oportunidad histórica para asegurarse un futuro próspero. Frente a la necesidad de que el país se adapte con rapidez a nuevas circunstancias, los Kirchner, acompañados por los muchos deseosos de también verse beneficiados por el poder que han sabido acumular, imaginan concretar las fantasías que tantos perjuicios ocasionaron en los años 70.

¿Podrá transformarse el PJ en una versión argentina del PRI mexicano? Algunos opositores temen que la reorganización de la rama institucional del movimiento que a partir de su nacimiento en el vientre de un régimen militar filonazi ha marcado a fuego a la cultura política nacional, lo que, entre otras cosas, depauperó progresivamente a una sociedad que antes era sinónimo de prosperidad –“tan rico como un argentino”, decían en su idioma los franceses– debido a su resistencia sistemática a la modernización inevitablemente extranjerizante, signifique que durante mucho tiempo el país tenga que soportar la hegemonía de un sólo partido regido por una pareja que es notoria por su intolerancia del disenso. Aunque es de suponer que a los Kirchner les encantaría que ello ocurriera, no parece demasiado probable que un PJ más prolijo, uno que se exprese en un lenguaje con resabios progresistas, pero que esté resuelto a mantener las cosas tal y como están, logre romper con una larga tradición de conflictos internos furibundos. Tampoco lo es que el matrimonio presidencial consiga superar indemne los muchos problemas que, gracias en buena medida a sus propios errores, están esperando la oportunidad para interrumpir la marcha ascendente de la economía nacional.

A veces, Kirchner ha dado a entender que tiene en mente procurar reordenar el paisaje político para que haya un gran partido de centroizquierda, el suyo, y otro de centroderecha liderado presuntamente por alguien como Mauricio Macri. Tal esquema con reminiscencias españolas, cuando no británicas, sería con toda seguridad mejor que la confusión selvática existente, pero la verdad es que es bastante difícil ver a los intendentes del Conurbano bonaerense, sindicalistas de orígenes ultraderechistas como Hugo Moyano y otros peronistas metamorfoseándose en progres pragmáticos.

Mal que les pese a Néstor Kirchner y Cristina –quienes conforman la columna vertebral del PJ–, son congénitamente derechistas. Si bien en la actualidad están dispuestos a encolumnarse tras una pareja que por motivos que podrían calificarse de estéticos, dicen militar en una variedad criolla del progresismo, lo hacen porque saben que les conviene. En cuando tengan motivos para considerar las ventajas de otras opciones, lo harán sin pensarlo dos veces.

Desde hace más de un siglo, la Argentina no ha contado con partidos políticos auténticos. Tanto los radicales como los peronistas se les oponían por ser contrarios a las parcialidades: ambos querían que sus respectivos movimientos abarcaran todos los fenómenos políticos en su opinión rescatables del país. Aunque hoy en día muy pocos siguen aferrándose a los conceptos que Yrigoyen y Perón más sus acólitos defendían con tenacidad, la mentalidad un tanto maniquea que representaban sigue dificultando la construcción aquí de partidos comparables con los del mundo anglosajón y ciertos países de Europa. Por desgracia, no hay demasiados motivos para creer que la kirchnerización pasajera del PJ cambie esa realidad deprimente

Fuente: Perfil.com

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