El perro de ataque de Kirchner
por James Neilson
Para algunos, es un impresentable, un matón, un ejemplar caricaturesco del guarango criollo, esta subespecie cuyas peripecias han divertido a muchos observadores astutos, tanto nativos como extranjeros, del siempre extravagante escenario nacional desde hace por lo menos un siglo. Para otros, es un rottweiler con dientes filosos que sirve a su amo Néstor Kirchner con fidelidad conmovedora cuya función consiste en aterrorizar a cualquier empresario que tiene la mala suerte de encontrarlo en su camino y de este modo asegurar que todos colaboren con el “proyecto” del movedizo santacruceño. Y para el ex presidente del Banco Central, Javier González Fraga, es un “superministro”, nada menos, es decir, el gran responsable de manejar la economía argentina. Se trata, claro está, del secretario de Comercio Guillermo Moreno, un personaje que –merced a su lenguaje priápico, su prepotencia rutinaria y, dicen algunos, su extraña negativa a dejarse sobornar– se ha labrado una reputación casi legendaria entre los capitanes de la industria local. Incluso, los hay que dicen apreciarlo: reconocen que es un tipo rudo, pero juran que detrás de su carapacho correoso se halla una persona sensible y leal.
Si Moreno es el “superministro”, ¿qué papel cumple Martín Lousteau? ¿El de miniministro? Aunque el joven ministro de Economía afirma no tener problemas con el hombre que en buena lógica tendría que ser su subordinado, se ve obligado a esperar a que se equivoque de manera tan horrenda que no le quede más alternativa que volver a casa, lo que le permitiría iniciar su propia gestión. Según González Fraga, Lousteau “sabe muy bien lo que hay que hacer” para frenar la ola inflacionaria que poco a poco está cobrando más fuerza y amenaza con hacer de la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner una pesadilla. Al fin y al cabo, González Fraga, que entre otras cosas ha oficiado de asesor de Roberto Lavagna, es coautor con Lousteau del libro “Sin atajos”, en que los dos presentan su visión de lo que convendría hacer para que la Argentina prospere, de modo que está familiarizado como pocos con su pensamiento. Pero mientras Moreno lleve la voz cantante, Lousteau sólo puede formular declaraciones entre anodinas y optimistas acerca de la marcha de la economía.
No es muy probable que Cristina, tan elegante ella, encuentre simpático a Moreno ni que se ría de sus chistes cuando llegan a sus oídos, pero por ahora, por lo menos, parece resignada a acatar las instrucciones de su marido. Su actitud ha decepcionado a quienes esperaban que aprovecharía el poder formal que le confió el electorado para poner fin a la situación a un tiempo farsesca y trágica creada por el intento de obligar al país real a aproximarse al soñado por los creativos que en última instancia responden a Néstor. Suponían que la Presidenta entendería que, a menos que actuara con cierta independencia, la gente llegaría a la conclusión de que tenían razón los que previeron que a pesar de sus esporádicos arranques feministas nunca se animaría a modificar el rumbo impuesto por su marido aun cuando se pusiera en juego el destino de su propia gestión. Ya se ha difundido por todo el país la sensación de que poco ha cambiado desde el 10 de diciembre pasado, que Néstor sigue mandando y su mujer se conforma con respaldarlo como la buena esposa que sin duda es.
El poder que hoy en día esgrime Moreno se debe menos a su voluntad loable de emprender cualquier tarea, por difícil que parezca, que le sea encomendada, que a la terquedad extrema de un caudillo que es notorio por su resistencia a confesar haber cometido jamás un error que debería corregirse. En vez de admitir que en verdad fue una idea muy mala intentar moderar las expectativas de los “agentes económicos” manipulando los índices confeccionados por el INDEC, Néstor Kirchner, acompañado con entusiasmo aparente por los integrantes de su gabinete y su esposa, ha decidido mantenerse en sus 13 hasta que el resto del planeta convenga en que tenía razón.
Puesto que el hombre indicado para tapar los agujeros que pronto comenzaron a proliferar siempre resultó ser Moreno, sus responsabilidades no tardaron en multiplicarse. No bien sellado un acuerdo con un sector, tuvo que negociar –por así decirlo– con otro, y entonces con otro más, para después renegociar con quienes, por algún que otro motivo, no pudieron respetar lo presuntamente pactado. Cuando faltaba energía, la intervención de Moreno se hizo imperativa, de ahí la jihad que está librando contra la petrolera angloholandesa Shell. ¿Los banqueros son reacios a sacrificar sus intereses en aras de la producción nacional? Moreno es el encargado de llamarlos al orden, apretándolos para que por una vez presten dinero a tasas civilizadas. Al afectar a una proporción cada vez mayor de la economía las repercusiones de aquel pequeño error original, crece el poder de Moreno. Tal y como están las cosas, pronto alcanzará dimensiones monstruosas, ya que estará a cargo de fijar todos los precios e índices tanto provinciales como nacionales.
Desgraciadamente para el país, lo que Moreno está creando es sólo una obra de ficción. Como aquellas estadísticas meticulosas pero visiblemente inexactas que producían los burócratas de la Unión Soviética cuando la superpotencia comunista aún estaba entre nosotros, las fabricadas por el INDEC se han alejado tanto de la realidad, que nadie –con la excepción hipotética de Moreno mismo– las cree. Incluso, los sindicalistas que rinden pleitesía al matrimonio reinante las tratan con desprecio. Convencidos de que el costo de vida está subiendo a un ritmo bien superior a 20% anual, reclaman aumentos salariales de 30% o más, lo que es una pésima noticia para Cristina que tendrá que enfrentar las consecuencias del desborde que le viene encima.
En este ámbito, por lo menos, los líderes obreros concuerdan plenamente con el Fondo Monetario Internacional que, para indignación de los kirchneristas, ha dado a entender que en su opinión le convendría al país contar con estadísticas que fueran un tanto más confiables que las inventadas por la gente de Moreno. No se equivoca: en la actualidad, tanto los funcionarios como los empresarios están navegando en medio de una niebla densa. También han manifestado su preocupación distintos representantes estadounidenses por lo que está sucediendo, además, huelga decirlo, de quienes escriben en los periódicos financieros más prestigiosos del mundo. Así, pues, fronteras adentro y en el exterior se ha difundido la convicción de que el gobierno de Néstor Kirchner, primero, y después el formalmente encabezado por su esposa, están tratando sin éxito alguno de embaucar al resto del planeta, de ahí el temor de que a pesar de las reservas que ha acumulado y los precios elevados de lo que exporta la Argentina aún podría ingeniárselas para protagonizar un nuevo desastre inverosímil.
No sólo es cuestión de la inflación, esta vieja enfermedad que mantuvo postrada la economía durante décadas al parecer interminables. Se ha puesto en tela de juicio hasta el sacrosanto crecimiento “chino” que tantos beneficios le ha reportado al Gobierno: conforme a Cristina, el año pasado la economía engordó un 8,9%, pero en opinión de algunos economistas mezquinos la cifra auténtica habrá sido un punto o más menor, es decir, que la temida desaceleración ha empezado justo cuanto el país tiene que estar preparándose para afrontar lo que amenaza con ser una gran crisis económica internacional desencadenada por los desequilibrios estadounidenses.
Por lo demás, serán falsas las estadísticas correspondientes a la pobreza que se basan en el índice oficial: a menos que Moreno y los suyos estén en lo cierto, una posibilidad teórica que a esta altura virtualmente nadie tomaría en serio, no se ha reducido la brecha entre los acomodados que están disfrutando de un boom de consumo y los excluidos de la fiesta, sino que por el contrario se ha ampliado mucho. Es una suerte para los Kirchner que ni los perjudicados ni los progresistas que se afirman preocupados por el destino de los rezagados aún no se hayan percatado de que la mayor equidad prometida por el Gobierno se ha distanciado todavía más, pero de intensificarse mucho más la inflación comenzarán a agitarse.
Acusar al “superministro” Moreno de ser responsable del desaguisado así supuesto, sería injusto. A diferencia de otros que han merecido dicho título honorario –José Ber Gelbard, José Alfredo Martínez de Hoz, Domingo Caballo–, el secretario de Comercio no es el arquitecto de la política económica imperante. A lo sumo, es un capataz hiperactivo cuyo trabajo consiste en impedir que se desmorone un edificio que está en construcción, pero que jamás pensaría en informarle a su empleador de que sus planes dejan muchísimo que desear. Como el hombre leal que con toda seguridad es, se limita a obedecer las órdenes que le da Néstor Kirchner, el que, enamorado como está del “modelo productivo” corporativista, proteccionista y dirigista que le legó el bonaerense Eduardo Duhalde, está resuelto a defenderlo contra viento y marea. Según parece, seguirá negándose a modificar nada aunque corra peligro de caer aplastado por fuerzas que ni siquiera él está en condiciones de manipular
Fuente: Revista Noticias
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