El sueño de un peronismo propio
por James Neilson
Pejotista: El ex presidente presidirá el partido. Transformarlo le será imposible.
Lo mismo que Carlos Menem en su momento, a comienzos de su gestión presidencial Néstor Kirchner tomó el PJ por un montón de escombros en los que acaso podrían hallarse algunas de las piezas que necesitaría para construir un partido hecho a su propia medida, pero que también incluía una cantidad de materia inservible. Por motivos parecidos, los dos ex gobernadores de provincia lo despreciaron. Pero, al igual que el riojano, andando el tiempo el santacruceño descubrió que a pesar de su popularidad personal no le sería tan fácil ensamblar un movimiento estructurado, desechando aquellas facciones peronistas que juzgaba inútiles y reemplazándolas por pedazos encontrados en las ruinas del radicalismo, en los nuevos partidos más o menos progresistas, y entre individuos hasta entonces ajenos al mundillo político, pero dotados con los talentos apropiados.
A Kirchner lo decepcionaron los resultados de la transversalidad de los primeros años, cuando procuró seducir a progresistas de ideas presuntamente afines a las suyas –en dicho ámbito, le fue mucho mejor a Menem–, mientras que si bien el Frente para la Victoria le proporcionó un vehículo electoral sumamente rápido que llevó a Cristina a la Casa Rosada en un viaje sin escalas, se trata de una entelequia fantasmal cuya desaparición definitiva no cambiaría nada. Por cierto, ni siquiera sus inventores ven en él la base de un gran partido nacional que serviría para institucionalizar el kirchnerismo.
Aleccionado por la experiencia, Kirchner ha optado por limitarse a rehabilitar el PJ, de ahí su decisión de encabezarlo. Puesto que hoy en día es por un margen muy amplio el peronista más influyente, alcanzar su objetivo debería resultarle sencillo, ya que no cabe duda de que la mayoría de los compañeros lo preferiría a él, antes que a rivales como Alberto Rodríguez Saá o Eduardo Duhalde. Por cierto, no le fue necesario montar una "operación clamor" para recordarnos que es él único capacitado para liderar la expresión institucional del difuso "sentimiento" peronista que puede palparse en todos los pliegues y resquicios de la sociedad argentina.
Pero antes de poner manos a la obra, Kirchner y sus laderos tendrán que solucionar un problema engorroso. El estado del PJ es tan caótico que desde septiembre del 2005 lo maneja la jueza María Servini de Cubría. Por lo tanto, organizar elecciones internas válidas plantearía un desafío acaso insuperable, ya que los enemigos de Kirchner aprovecharán todo su ingenio abogadil para cuestionar aquellos arreglos que no les conformen. Mientras el PJ permanezca en el limbo legal en el que lo depositaron sus propios líderes, su "normalización" –como si cualquier cosa relacionada con el peronismo pudiera calificarse de "normal"– seguirá siendo una aspiración a un tiempo razonable y utópica.
De todos modos, aun cuando Kirchner lograra negociar todos los obstáculos jurídicos en el camino para erigirse en el jefe formal del partido que representa el movimiento que por ahora domina, sólo se trataría del paso inicial de una tarea digna de Sísifo, el más astuto de los mortales que fue condenado por Zeus a empujar una roca enorme hasta la cima de una pendiente sólo para verla caer por el otro lado, lo que lo obligó a comenzar de nuevo.
Una vez instalado como presidente del PJ, Kirchner tendría que ponerse a remodelarlo para adecuarlo a los tiempos que corren y, desde luego, para que sea compatible con su todavía impreciso "proyecto" personal. Según parece, tiene en mente depurarlo de muchas acreciones extrañas que ha adquirido a través de los años con la esperanza de que quienes se queden puedan coincidir en torno a por lo menos algunos principios fundamentales. Es decir, espera que con su mando el PJ deje de ser la bolsa de gatos rabiosos que todos conocemos para convertirse en una organización política coherente que sea equiparable con los partidos europeos más importantes. Asimismo, Kirchner quiere que los padrones reflejen la realidad de manera menos arbitraria, porque se vieron groseramente inflados hace décadas –cuando estaba en boga afiliarse a un partido, de esta manera subrayando el compromiso de uno con la democracia– y siguen atiborrados de anomalías de todo tipo. Sería un trabajo arduo que ocasionaría un sinfín de conflictos rencorosos, ya que para muchos caciques locales los padrones son parte de su capital político.
Otro problema que enfrentará Kirchner tiene que ver con lo que podría llamarse "la cultura peronista". Algunos rebeldes coyunturales aparte, los compañeros suelen ser conmovedoramente leales al caudillo reinante, pero sólo mientras conserve su capacidad para aportarles votos en cantidades suficientes como para permitirles gozar de los privilegios e ingresos que les provee su parte de la industria política. En cuanto merme la popularidad del jefe, lo abandonarán a su suerte. Así, pues, una vez resueltos aquellos espinosos problemas legales y celebradas como es debido las elecciones internas, Kirchner podría encontrarse por algunos meses a la cabeza de un PJ disciplinado que funcione como un reloj suizo. Pero si por algún motivo su estrella personal mostrara señales de estar por apagarse, el grueso de los integrantes migraría sin complejos hacia otra zona del ancho universo peronista y la gran obra se derrumbaría. En tal caso, tendría que recomenzar desde cero.
Tanto pragmatismo por parte de los dirigentes peronistas puede considerarse lamentable e inmoral, pero a muchos, el carácter congénitamente confuso del partido –con sus diversos comandos, comisiones y ramas– les ha reportado tantos beneficios que no sienten demasiado interés por las reformas que impulsa el ex presidente con el propósito encomiable de hacerlo más prolijo. A partir del día en que el General se fue a un mundo mejor, el movimiento peronista se comporta como un enjambre que se divide cada vez que vislumbra un obstáculo y puede atacar a los demás movimientos desde todos los ángulos concebibles. Si creen que les conviene ser "neoliberales", los peronistas lo serán aún más que el Chicago boy más fanatizado; cuando una receta estatista, socialista o progresista les parece indicada, se encolumnan enseguida detrás de la causa así supuesta.
Es lógico que Kirchner quisiera que el PJ fuera netamente kirchnerista, pero también lo es que los demás militantes sean reacios a dejarse aprisionar por una estructura a su entender excesivamente rígida que, entre otras cosas, los privaría de la alternativa de presentar dos o tres candidatos presidenciales distintos cuyo eventual caudal de votos ayudaría a todos los compañeros merced a la ley de lemas que, en efecto, rige en el país. En la Argentina actual, ser amorfo acarrea muchas ventajas para un movimiento político conformado por personas que se han acostumbrado a dar prioridad al poder y no están dispuestas a perder el tiempo preocupándose por abstracciones ideológicas.
Una consecuencia de la cultura política así supuesta –una que, detalle más, detalle menos, está compartida por casi todos los demás agrupaciones partidarias– es que en la Argentina parece ser casi imposible formar organizaciones políticas estables. Luego de la fragmentación del peronismo y el radicalismo, no ha quedado ningún partido o facción que sea lo bastante grande como para merecer la lealtad casi incondicional de la mayoría de los militantes, como ocurre en las democracias consolidadas. En su lugar, hay una multitud de entidades provisorias que dependen del poder de convocatoria del líder.
La que se ha formado en torno de los Kirchner no constituye una excepción a esta regla deprimente. Por lo pronto, es mucho más amplia que cualquier otra, pero resulta igualmente quebradiza: como la menemista que disfrutó de algunos años de "hegemonía" y según sus adversarios amenazaba con eternizarse, la kirchnerista podría desmoronarse en un lapso muy pero muy breve. Huelga decir que los peronistas son perfectamente conscientes de esta realidad desagradable y, por lo tanto, se resistirán a comprometerse con el PJ eventualmente reformado por Kirchner con el fervor deseado.
Para el país, sería muy positivo que el ex presidente tuviera éxito en la empresa que se ha propuesto, sobre todo si –como resultado de sus esfuerzos– quienes no se sienten atraídos por el "proyecto" populista que ha improvisado se sintieran obligados a intentar emularlo, construyendo un partido de dimensiones similares que sería capaz de tomar el relevo en cuanto el esquema kirchnerista comenzara a hundirse. Hasta que la Argentina cuente con por lo menos dos partidos que estén en condiciones de suministrar todo lo que se necesita para formar ya un gobierno viable, continuará autodestruyéndose periódicamente al alternar crisis "terminales" atribuibles a la debilidad de un presidente repudiado por buena parte de la clase política e intervalos en los que la sensación de que todo marcha bien se debe a la presencia de un presidente demasiado fuerte que, como es natural, propenderá a caer en la tentación de sacar provecho de las flaquezas ajenas para erigirse en una especie de monarca absoluto que no se sienta constreñido a respetar ninguna regla.
Fuente: Revista Noticias
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